De corazón

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

A principios del siglo pasado, Max Weber, uno de los padres de la Sociología hablaba de los seres humanos del futuro, es decir, de nosotros, como «especialistas sin espíritu, gozadores sin corazón». Weber temía que la creciente burocratización de la vida social, junto con el avance tecnológico, terminaran por convertirnos en algo a lo que hoy llamaríamos robots. En realidad sus predicciones no tardaron mucho en cumplirse de la forma más siniestra en Alemania, su propio país, apenas una década después de su muerte.

De forma bastante más amable que en los años treinta del siglo XX en Alemania, pero no menos inquietante, las predicciones de Weber se cumplen, cada vez con más fuerza, todos los años durante estas fechas. No fui muy consciente del asunto hasta que, como diputado, empecé a recibir un buen montón de tarjetas de felicitación de personas, empresas, ONGs, e instituciones públicas, a las que no conocía de nada. De modo que le pregunté a un colega qué se hacía con todo aquello, esto es, si había que responder una a una a todas aquellas tarjetas. Mi colega me dijo: «Haz lo que quieras, en realidad no te lo manda la persona que firma la tarjeta, sino su oficina a partir de un listado en el que te han incluido por ser diputado». «Habrán mandado miles», concluyó. De modo que para corresponder educadamente a las personas que me felicitaban, y dado que los diputados, en general, no tenemos «oficina», calculé que debía dedicar varios días a escribir felicitaciones de respuesta que, probablemente, solo leerían «las oficinas» de quienes habían empezado primero el intercambio de tarjetas navideñas. Así que, no sin cierto sentimiento de culpa, desistí.

Desde entonces, y rápidamente, el correo electrónico, pero sobre todo la mensajería móvil, han democratizado el acceso a las felicitaciones masivas. Ya no necesitas tener una oficina que tenga una buena base de datos con nombres y direcciones. Ahora basta con darle a una tecla para enviar felicitaciones a toda tu lista de contactos, y no sólo una vez, sino todas las veces que se te ocurra. De modo que si después de enviar una imagen para felicitar a todas las personas que conoces, recibes otra que te gusta más, pues también se la envías a todos tus contactos. Al recibirlas ya no puedes consolarte pensando que Fulanito o Menganita se han acordado de ti dos veces, porque en realidad ni se acuerdan de que te tienen en la lista de contactos desde el día en que incautamente les diste tu número, sino que eres tú el que te acuerdas de ellos cada vez que le den a enviar.

Durante la Guerra Fría se especulaba con la idea de oleadas de aviones que seguirían, de manera automática, repostando y recargándose automáticamente, mientras bombardeaban un planeta en el que no quedarán ya ningún ser humano vivo. Creo que ese final, afortunadamente, lo hemos evitado. Ahora la pesadilla es que, desaparecida la humanidad entera, los teléfonos móviles seguirán felicitándose el año unos a otros sin que ningún ser con corazón lea esas felicitaciones. Querida lectora, o lector, desconocido, feliz 2018, de corazón.

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