Contorsionismo

Puigdemont hizo el salto de la rana independentista. Un aspaviento, una voltereta

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Después del limbo vino el contorsionismo. El limbo era aquel lugar al que iban a parar los niños no bautizados, un éter en el que las almas insustanciales flotaban hasta la celebración del Juicio Final. La nada. En ese terreno habían introducido el inefable Puigdemont y sus socios a Cataluña. Millones de personas viviendo en el vacío, supuestamente bajo dos legislaciones paralelas y contradictorias. Así hasta la tarde-noche de anteayer cuando el gran Puigdemont pasó del limbo a la contorsión del limbo o directamente a la contorsión de sus propios músculos para hacer una de las más vistosas y, desgraciadamente, más ridículas piruetas legales que se hayan podido ver nunca en un parlamento. Y digo desgraciadamente porque los ciudadanos catalanes no se merecen eso. No se merecen ese gobernante que, aunque todavía legítimo, no fue elegido por las urnas. Él tan adicto a ellas, ya sean de plástico o de cartón, opacas, transparentes o de plastilina.

Yendo por la senda de lo ridículo, Puigdemont hizo el salto de la rana independentista. Un aspaviento, una voltereta. Un desbarre jurídico, legal y político que quebraba no sólo los códigos del Estado, sino los del Estatut y los que fraudulentamente se habían otorgado a sí mismos -violentando los del Parlament- a comienzos de septiembre. Birlibirloque, juego de manos, arte de trileros o como chuscamente se le quiera llamar. En realidad, un penoso aterrizaje en la realidad al que le habían obligado la economía con su fuga de empresas, la comunidad internacional que ignoraba los resultados de un referéndum sin ninguna clase de garantías y una Unión Europea que nació para evitar veleidades nacionalistas y xenofobias y que se siente agredida en su carta de nacimiento ante una epidemia de populismos nacionalistas que ya han originado el 'Brexit' y el auge de partidos ultraderechistas que no dejan de reivindicar fronteras y pureza.

En cuanto a la pureza estuvo bien que Inés Arrimadas rescatase de las hemerotecas un artículo de Oriol Junqueras en el que el vicepresidente de la Generalitat disertaba sobre las diferentes genéticas que tienen los catalanes -muy parecidos en sus cromosomas a los franceses y a los suizos- y los españoles, más cercanos a los portugueses. Sobre medir cráneos como hacían los nazis o los ultranacionalistas no comentaba nada en el artículo Junqueras, quizás lo reservara para una segunda parte en la que también podría haber abordado la genética de todos los andaluces, murcianos o extremeños que en su día fueron a trabajar a Cataluña, que son catalanes, que tienen hijos y nietos catalanes y que contribuyeron a hacer grande esa maravillosa tierra. Pero no. Seguimos en la pirueta, en la contorsión y en la invocación a mediadores externos que sitúen a la Generalitat a una altura equiparable a la del gobierno del Estado. Y en eso seguiremos. Abducidos y preocupados por esa espiral. Añorando esos tiempos de normalidad en los que teníamos cabeza y atención para hablar de las inversiones de la Junta en el metro malagueño, de la compra de la Equitativa o del regreso del Cautivo.

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