Contingencia y necesidad

FELIPE BENÍTEZ REYES

Gane quien gane el próximo jueves las elecciones catalanas, las ganarán, aunque las pierdan, los independentistas. Las ganarán no sólo porque entra dentro de lo posible que las ganen, sino porque ya han elaborado el discurso del triunfo moral en previsión de un fracaso porcentual: unas elecciones ilegítimas e ilegales, con riesgo de pucherazo, en desigualdad de condiciones, con candidatos encarcelados, y sometidas además a la manipulación por parte de los poderes estatales. Pero lo curioso es que, gane quien gane, si se cumplen las previsiones, las perderán todos, lo que sin duda servirá, en atención a la peculiar lógica política, para que todos se consideren triunfadores. Un triunfo prorrateado que tendrá como consecuencia previsible una situación de ingobernabilidad.

En 'Amanece que no es poco', la película disparatada de J. L. Cuerda, un lugareño grita emocionadamente a la primera autoridad de su pueblo: «¡Alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres necesario!». Un sentir similar ha venido imponiéndose en Cataluña: España es contingente, una convención ahistórica, pero Cataluña es necesaria como entidad histórica natural. De ahí se ha pasado a un sentir un poco más desconcertante, aunque esperemos que transitorio: Cataluña puede ser de momento contingente, pero Puigdemont es necesario. Para coronar la deriva, el proceso parece estar ahora en su punto supremo: Cataluña es coyunturalmente contingente, pero inaplazablemente necesaria. Este punto de equilibrio entre lo contingente y lo necesario sólo presenta un defecto: que nadie acabe sabiendo qué es lo uno y qué es lo otro, de modo que lo contingente se confunda con lo necesario y viceversa. Por ejemplo: que, para que Cataluña se erija ante el mundo como una necesidad, los catalanes tengan que extremar su contingencia ante el mundo; que, para que la patria se imponga como necesidad, los ciudadanos contingentes padezcan la contingencia del sacrificio por la patria. O dicho de otro modo: para que exista una república independiente, resulta inevitable que la ciudadanía en pleno se someta a la dependencia de su república, ya sea esta contingente o necesaria para cada cual. ¿Fuga de empresas e incertidumbre económica? Sacrificio. ¿Políticos heroicos que acaban resultando cómicos? Sacrificio. ¿Perspectivas de aislamiento aldeano? Pues sacrificio. Y así hasta que el entendimiento aguante, en el caso de que podamos implicar al entendimiento en los mecanismos emocionales de las quimeras colectivas.

El próximo jueves ganarán todos y perderán todos. Porque no se trata de una pugna entre programas políticos, sino de un pulso entre realistas y utópicos, entre mártires y opresores, entre alucinados y pragmáticos. Entre la contingencia, en suma, y la necesidad. Sin punto medio.

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