EL CONTINENTE DE LA BASURA

NIELSON SÁNCHEZ -STEWART

Que no se crea, por favor, que me voy a referir a ninguno de los cinco -que son más de cinco- ni a nada que tenga que ver con el racismo, la xenofobia ni con las sorpresas que nos está ofreciendo algún que otro tratado. Dejo esos temas para los que saben o se atreven a opinar sin saber. Voy a reflexionar, si se me permite, sobre algo mucho más ramplón y doméstico: la basura que, como se sabe, es el conjunto de cosas que despreciamos porque nos parecen inútiles y que, por razones de conservación o de espacio pretendemos eliminar de nuestro entorno particular. No creo sea necesario profundizar más en el concepto porque es bien conocido. Lo que puede ser interesante es su evolución en cantidad y en calidad. Está estudiado, aunque me parece que el estudio está obsoleto, el peso y volumen de los desechos de los que se desprende un ciudadano y, por eso, se puede calcular, por ejemplo, el número de visitantes en una comarca determinada en un momento puntual. Cuando éramos pobres, todos, hace no tanto tiempo, utilizábamos todo lo disponible, nos enseñaban nuestros mayores que no había que dejar nada en el plato, que la ropa se viraba -aunque los ojales quedaban como una muestra indeleble de la operación en el lado contrario, heredábamos los libros, los cuadernos, los uniformes y toda la impedimenta de los hermanos. Los electrodomésticos eran eternos, se incluían en los testamentos, lego mi lavadora de ropa a mi hijo Luis... Había técnicos especialistas en cada marca que se ganaban la vida reparando estas máquinas. Hoy te recomiendan que la tires y te compres otra porque te resulta más barato y te pones al día. Los zapatos se remendaban hasta las últimas consecuencias, medias suelas, tacones, parches. Hoy todo es distinto, las cosas han bajado de precio. Relativamente, bueno, no todas porque las matrículas de los colegios -nada que ver con los másteres- y los inmuebles se han ido a las nubes. Un coche, sin ir más lejos, costaba la mitad que una casa y ahora una trigésima parte por lo que también se tira aunque podría durar un siglo. Si no me cree vaya a Cuba o al cine que ambienta en esa isla muchas de sus producciones. El cambio ha afectado la calidad de los desechos y la ha relativizado. Por eso, se ve a algunos escarbando y transportando en carritos de supermercado lo que otros han despreciado. En mi casa, sin ir más lejos, hay un par de muebles que su desprendido anterior poseedor había despreciado.

La evolución ha alcanzado a los continentes de la basura, continente en su primera, natural, y tercera acepción. Trato de emplear el término con propiedad ya que es distinto de otro similar que hemos importado del inglés y que usamos constantemente: contenedor. Para que un continente se transforme en contenedor es necesario que sea grande y recuperable normalizado y dotado de adminículos apropiados para su transporte. Cuando la basura era manejable, se depositaba en cubos que a pesar de su nombre tenían forma cilíndrica y no cúbica, que servían para patearlos cuando se estaba en estado de frustración y para que los perros se solazasen en ellos. A nadie se le ocurría envasar previamente sus mugres en una bolsa por lo que todo quedaba al alcance de la vista y se podía hacer un análisis de la familia de la que provenían. De niño estuve en una oportunidad en California, en Bel Air para ser más exacto, y lo que más me impresionó no fue el lujo de las casas de los actores sino el brillo de los recipientes que estaban en el exterior y que parecían de plata o de níquel. De esos tristes receptáculos se ha pasado a esos monstruos con tapas practicables con un pedal que generalmente no funciona y que se suponía estaban dotados de estanqueidad y limpieza. El volumen ha superado las expectativas y esos artefactos rebosan y sirven fundamentalmente para ser quemados por quienes creen que a través de la violencia y la algarada se consigue un mundo mejor. También para perjudicar al mejor amigo del hombre para el que resulta inalcanzable. Y para amargarme la vida porque es lo primero que veo cuando aterrizo por el despacho. Hay una batería de ellos desplegados en la puerta de la calle más fea de Marbella.

El último grito está en los entierros dentro de unos receptáculos transportables con el auxilio de una grúa. Abultan menos que los anteriores ya que sólo sobresale de la superficie una cápsula de atrevido diseño. Se están instalando por doquier y el sitio donde se coloca queda condenado porque tiene visos de permanencia.

Hay que reconocer que el Ayuntamiento ha sido justo: ha plantificado el invento frente a sus oficinas en la esquina más concurrida.

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