Contar una historia

EMILIO HIDALGO

El cursor me provoca con su intermitencia, único testigo en un mar blanco que llena de soledad la madrugada. Me reclama palpitante la razón de mi llamada, a deshoras, en el tibio silencio de la noche despertada. Aquí lato por tu intempestiva llamada, no es menester me mires absorto, hierático y minusválido, y justifiques tu reclamo iniciando mi paseo por las palabras, compañeras fieles a las que nunca alcanzo pero siempre a mi pegadas. Escribe algo, te emplazo, que aún se nos alcanza una larga noche hasta la llegada de la socorrida alondra que tan bien marida con el amanecer y su arribada. Cuenta una historia, hazla huésped de esta noche solitaria, que nos hable con voz acompasada de sus misterios desvelados y nos mienta sucesivamente dando razón a la sempiterna cantinela de los contadores de historias con sus maniáticos relatos que nos fuerzan a leer, en un continuo ahogo, sin remisión cristiana.

¡Si me lees, te leo!, se amenazan entre ellos, más si encuentran desvalido a un paseante inocente que ha equivocado el camino, a él acuden con súplicas y promesas de paraísos regalados hasta conseguir escupirle la parrafada aún caliente, sin apenas reposo. «Es mi carácter», cual fábula del escorpión encaramado a la necia rana.

A fin de cuentas, una historia no tiene principio ni final, es tan solo una interminable procesión de palabras, ora en homogénea formación, ora en desbandada que hiere la vista y atrona los oídos. Llegados a un punto, es posible un entendimiento entre el narrador y el impaciente lector. Los personajes que en ella intervienen conversan entre sí hasta donde es capaz el talento del escritor y hasta donde soporta la imaginación del lector. Acabada la electricidad computarizada del 'Word', expulsado el cursor de su tartamudeo, derramada la tinta de lo expositivo, el inmenso teatro, prestado del cerebro del autor, apaga las luces del escenario, los espíritus convocados abandonan el recinto y solo queda la obra, que bien pudiera ser grande, cálida y afectuosa, si acaso merecedora de elogios encendidos y, sin embargo, corre el desventurado peligro de parecer semejante a una criatura pequeña, inválida y necesitada de compasión; aún peor, un demonio deforme y cruel que refleja el despropósito de lo relatado, fauces descarnadas que invitan a la huida de los espectadores más considerados. Fuego fatuo convertido en ceniza indolente mecida por el viento del olvido.

Pero queda la esperanza que todo escritor lleva en sus adentros. Despertar el alma dormida del lector, inocular en su corazón el misterio de tan sólo uno de sus personajes; por tan sólo unos segundos. Avivar su seso, estremecer su carne trémula, ahogar en lágrimas sus asombrados ojos, desvestir su embozo, acompañar sus sollozos, compartir su despertado placer, y de la mano, juntos, atravesar el umbral que conduce al preludio de lo desconocido.

Dizque de un escritor, narrador de historias, juglar, bardo, poeta y/o actor, lo es si, primero, está lo bastante loco; después, necesita contar lo que ocurre sin apariencia de verdad en el relato pero majestuoso en su belleza verdadera o imaginada -como insuflar aire para respirar-; ojos bien abiertos capaces de atravesar espejos infinitos, orejas en punta acogedoras de todo tipo de sonidos y, sobre todo, memoria de elefante. Empero, de todo esto sería insuficiencia si no atesora lo único singular e indispensable: vanidad a raudales, llevada al paroxismo de lo terrestre dispuesta a volar por las nubes de la autosuficiencia: fanfarrón, pendenciero, arrogante, ostentoso, petulante, presumido, bravucón, tragahombres, camorrista, «sentimental enternecido». Es aquí el catálogo de sus hechuras y fachada. No todo verdad, quizá apariencia de mentira. Pero como ya dijera el poeta Enrique Badosa, «astronauta, fontanero, nacionalista, albañil, político o escritor es, simplemente: Que te lo digan».

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