Te voy a contar un cuento

Ana Barreales
ANA BARREALES

Aveces da la sensación de que para ocupar determinados puestos de funcionario con responsabilidades en el control del poder político hay que tener madera de héroe. Eso o la piel muy gruesa y capacidad de mirar para otro lado y darle al asunto en cuestión una patada hacia adelante. La buena noticia es que aún quedan trabajadores públicos así. La mala es que se les hace poco caso y a veces pagan muy caro su atrevimiento.

Quedaba en evidencia hace unos días cuando salió el caso de la diputada provincial Marina Bravo, que adjudicó contratos a la empresa en la que trabaja su pareja y que es de su cuñado. Algo que en principio es legal, pero, en aras de la transparencia queda mucho mejor convocar un concurso. Resulta que luego averiguamos que el interventor puso reparos a la adjudicación (por fraccionar contratos), que se levantaron con una decisión política. La cuestión es: ¿para qué sirven esos reparos y para qué sirve la figura del interventor? Porque parece que de lo que se trata es de revestir de un halo de legalidad las acciones políticas cuando convenga y cuando su dictamen no coincide con lo que quiere hacer el político de turno se ignoran.

Pues ha vuelto a pasar en Torremolinos con el pleno que destituyó a Margarita del Cid como representante de la Mancomunidad Occidental al aprobarse una moción de IU en la que pedía su cese. El detonante fue que Del Cid había sido la instructora de un expediente que se abrió a una funcionaria, casualidades de la vida, después de que pusiera reparos a una operación de venta de acciones de la empresa municipal de aguas. La venta se cerró mientras la funcionaria estaba suspendida y ahora un juez ha condenado al Ayuntamiento a indemnizarla con 30.000 euros, en una sentencia demoledora, por las «humillaciones y abusos» ejercidos contra la trabajadora por parte del PP.

Pues bien, la moción de IU pidiendo la destitución de Del Cid por esa sentencia se aprobó con los votos de toda la oposición. Minutos después, lejos de arrugarse por eso y pasando a tope de la votación, el grupo popular volvió a proponer a Del Cid como representante en la Mancomunidad, sin duda siguiendo ese espíritu que parece guiar tantas actuaciones políticas: «habla cartucho, que no te escucho».

Puede que alguien se haya perdido en la lectura de este esperpento. La cuestión es poner a las instituciones al servicio de unos objetivos (o intereses) y si en la votación no sale lo que uno quiere, pues se repite lo que haga falta. Y si alguien pone reparos se levantan los reparos o se busca un arreglo para hacer su santa voluntad.

Y ningún problema ético, porque el PP entiende que «al aprobar el cese se aprueba también la reelección». ¿Cabe mayor sin sentido? En fin, destitución, propuesta y seguimos para bingo. Con permiso de Rubén Darío: «Margarita, te voy a contar un cuento».

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