Conservatorios superiores y Universidad

La Tribuna

La incorporación de las enseñanzas superiores de música a la Universidad no es un tema de ratios ni de legitimidad o concepto; es un asunto exclusivo de voluntad política

Conservatorios superiores y Universidad
José Ibarrola
FRANCISCO MARTÍNEZ GONZÁLEZ
FRANCISCO MARTÍNEZ GONZÁLEZDirector del conservatorio superior de música de Málaga

El pasado 23 de mayo, en una ceremonia tan brillante como auspiciosa, el gran barítono malagueño Carlos Álvarez fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Málaga. Tanto en su sustancioso discurso, como especialmente en la laudatio de la madrina, María José de la Torre, se aludió a la presencia secular de la música en la Universidad y a los deseos de restaurar un matrimonio tan fértil como actualmente roto: allí se mencionó la inclusión de la música en el Quadrivium, o la dotación por parte de Alfonso X a la Universidad de Salamanca de una de las primeras cátedras de música de toda Europa. Pero ante todo fue el discurso del rector el que nos reportó la sorpresa que dio el tono de gozosa posibilidad a la velada, muy por encima incluso de las expectativas asociadas a la esperada componente festiva del momento. Con unas palabras que se quedaron grabadas en las mientes de todo el auditorio, José Ángel Narváez dijo: «Es necesario que la música esté en la formación universitaria. La formación musical en la universidad es una necesidad que no se puede, ni se debe, demorar».

 La enseñanza de la música como fenómeno histórico y como hecho inextricablemente unido a la cultura es ya materia universitaria. Existe con el nombre de Grado en Historia y Ciencias de la Música en varias universidades, aunque al sur de Despeñaperros solo se profese en una: la de Granada. No obstante, esta carrera, que es homóloga a la de Musicología, supone un estudio mayoritariamente teorético de la música (Historia de la música, Estética, Sociología, etc.), quedando fuera de su ámbito, y por tanto del de la Universidad, todo ese universo puramente musical y 'práctico' de la interpretación y la creación, actualmente cubierto únicamente por los conservatorios superiores de música.

Esa situación parece la continuación de la querella entre 'música teórica' (asumida por la Universidad) y 'música práctica' (ausente de la Universidad), pero la expresión 'música práctica' es una tautología: supone la acumulación reiterativa de un significado ya aportado desde el primer término del enunciado. La palabra 'música' implica necesariamente la acción efectiva de su realización. En la partitura, la música no es más que una entelequia, no hay música sin una encarnadura fónica, sin el gesto de su recreación instantánea a través del acto mediador del intérprete. Y sin la actividad de compositores e intérpretes, por supuesto, no tendría ni causa ni sentido la labor de los teóricos (esa inmensa tradición de la teoría musical, que sobrepuja con creces a cualquier otra referida a las artes), ni existiría siquiera la Musicología.  

Los estudios superiores de música vienen reclamando desde hace décadas su incorporación a la Universidad, sin medias tintas, sin artificios nominales ni jurídicos. Hace casi cuarenta años hablaba José María Cagigal, el artífice de la conversión de los INEF en facultades universitarias, de «las siempre equívocas equivalencias»: esas ecuaciones forzadas que terminan hundiéndose en su contrario, es decir, en la asunción implícita de un déficit de valor de lo comparado. Por cierto, el INEF de Granada fue pionero en Andalucía en ese proceso que estamos reclamando aquí para los conservatorios superiores: su integración definitiva en aquella universidad la propició el Decreto de 20 de diciembre de 1988, aunque ya estaba adscrito a la misma desde 1982. Antes aún, en 1978, se habían transformado ya en facultades universitarias las escuelas superiores de Bellas Artes.

La incorporación de las enseñanzas superiores de música de la Universidad no es, pues, un tema de ratios, ni de legitimidades, ni de concepto: es un asunto exclusivo de voluntad política. Y no nos engañamos si decimos que tal incorporación contribuiría extraordinariamente a su definitiva dignificación intelectual, a su consolidación institucional y a su reconocimiento social.

Las universidad privada está ya ofreciendo grados en Interpretación Musical y otras modalidades afines (Universidad Alfonso X el Sabio, Universidad Internacional de La Rioja, por ejemplo), con lo que se está creando, además, una duplicidad escandalosa: el alumnado con suficiente capacidad adquisitiva puede estudiar piano o composición en una universidad privada, obteniendo al final un título de Grado; los estudiantes con menos recursos están abocados a estudiar música en centros, los conservatorios superiores, sin la misma autonomía, ni los mismos recursos, ni el mismo reconocimiento, esforzándose más si cabe, pero para conseguir una titulación que, aunque equivalente, no exhibirá a la postre la denominación que en nuestro sistema educativo se asocia inevitablemente a la enseñanza superior: la de Grado.

Ojalá las palabras de nuestro rector sean un indicio de que las cosas pueden empezar a cambiar hacia la integración de los conservatorios superiores en la Universidad, y ojalá Andalucía pueda convertirse en la vanguardia de ese proceso de incorporación total de la música, en toda su rica diversidad de realidades y enfoques, a las aulas universitarias.

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