EL CONSENSO DE LOS ÁRBOLES

FRANCISCO MOYANO

SEha afirmado habitualmente que el hombre (y la mujer) es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, e incluso más de dos veces. En esa fauna particular de reincidentes en el tropiezo hay que incluir a los equipos de gobierno municipales, naturalmente integrados por hombres y mujeres con tendencia a la repetición de conductas y situaciones. Repasando la historia de Marbella puede comprobarse que, dentro de esa apatía reivindicativa, la genuina indolencia, que ha parecido caracterizarnos, cuando algo o alguien han amenazado elementos medioambientales, la ciudadanía ha reaccionado. Antes como ahora tocar los árboles ha puesto en alarma al vecindario. Incluso en época de la Dictadura, a finales de los años sesenta, cuando se anunció un proyecto para instalar un estacionamiento de automóviles en el Paseo de la Alameda, desde los vecinos de a pie hasta las 'fuerzas vivas' de la localidad, no sé si se rasgaron las vestiduras pero al menos se situaron en contra no dudando en enfrentarse a la opinión oficial representada por el consistorio. Pero además, en la ciudad, desde hace años existe una plataforma ciudadana que con su sola denominación deja traslucir su propósito de intenciones y actuaciones: 'Marbella por sus árboles'. Entiendo que lo mejor es que la plataforma se mantuviese inactiva, que no fuese objeto de atención mediática, sin embargo, con empecinada repetición, comprobamos que sus integrantes y simpatizantes, de vez en cuando, salen a la calle para defender a los árboles que corren peligro de tala o para protestar ante hechos consumados. No faltan los políticos que también se apuntan a las manifestaciones (cuando se encuentran en la oposición, claro). Tampoco resulta fácil que los políticos mantengan el mismo discurso, similares argumentos, cuando tienen responsabilidad de gobierno que cuando se sitúan en la bancada de la oposición. Pero llama la atención que, conociéndose las legítimas e incluso necesarias reacciones vecinales, se caiga una y otra vez en el mismo error: emprender actuaciones sin el previo consenso con las asociaciones de vecinos o plataformas que se mantienen, como no puede ser de otra forma, alertas. Cuando el gobierno del Partido Popular, en su anterior etapa, remodeló la Avenida de Miguel Cano y la calle Notario Oliver (anteriormente Finlandia), surgió la contestación ciudadana por la tala o desaparición de los árboles. El concejal de obras de aquel momento era el mismo que ostenta la cartera en la actualidad y seguramente ha debido imaginarse que las protestas en la calle se iban a volver a repetir. La remodelación en Alonso de Bazán y Víctor de la Serna, dentro del Plan Centro (de lo que este diario ha informado ampliamente), conlleva la tala de árboles. No parece tan difícil dialogar antes de emprender las actuaciones, presentar informes especializados y consensuar con las plataformas vecinales; nos evitaríamos mal ambiente y circo mediático. El proyecto de Alonso de Bazán procede de la etapa del 'tripartito'; ¿qué especificaba ese proyecto en materia de árboles? Obras que parece ser deberían haber estado finalizadas en diciembre y que financia la Diputación Provincial. En los planes de remodelación urbana no existen 'malos' ni 'buenos', sino necesidades que deben ser resueltas con el acuerdo previo entre ejecutantes de la administración y vecinos. Tiempo es de aprender que también en este asunto conviene prevenir. La remodelación de la avenida Nabeul, la instalación del carril bici en Camilo José Cela o la excelente mejora de la Plaza de Andalucía en Divina Pastora, fueron también objeto de protestas vecinales. El diálogo previo siempre es necesario, aunque al final haya que tomar una decisión que, como siempre pasa, no podrá contentar a todos porque eso es imposible. Algunas de nuestras arboledas urbanas han subsistido y otras no; en el plano del primer puerto pesquero, de 1792, se reflejaba la Alameda con diez filas de árboles. En 1810 un documentó que divulgó don Fernando Alcalá revela que en 1810 el vecino Salvador Caravante fue multado por el Ayuntamiento por no plantar en la Alameda cuatro filas de álamos, a lo que se había comprometido. Entre las desaparecidas, la galería de eucaliptos que flanqueaba la carretera general (hoy Ricardo Soriano) desde la salida de la ciudad hasta la ermita de Guadalpín, Guadapín o &ldquoJoapín&rdquo. Muchos de estos eucaliptos fueron arrancados por un destructivo vendaval en 1940. Es de suponer que ningún equipo de gobierno tenga vocación de viento huracanado.

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