¿Qué ha conseguido el independentismo catalán?

Es inmoral que se desgarre una sociedad cohesionada y que ha sabido integrar las diferencias de origen, que ha posibilitado una maravillosa convivencia entre lenguas, culturas y tradiciones

El movimiento independentista catalán ha conseguido muchas cosas. La mayoría de ellas profundamente negativas. Pero también algunas positivas. Vayamos por partes. Lo más negativo es, sin duda, que ha provocado una división profundísima en la propia sociedad catalana. Un auténtico desgarro. Y que tiene sus consecuencias cotidianas en las familias, en los grupos de amigos, o en los centros de trabajo. Nada más contrario a la idea nacionalista de un solo pueblo unido tras un objetivo «nacional». Al contrario, se distingue entre ciudadanos y «súbditos», definidos como aquellos que no comulgan con las ideas del separatismo. Indiscutiblemente antidemocrático, supremacista y detestable. Sólo la minoría 'elegida' es capaz de interpretar la voluntad del pueblo. Como los nazis o los comunistas.

Otro efecto deleznable se ha producido con las instituciones democráticas y, en particular, con las propias del autogobierno (uno de los más profundos que existen en el mundo) y que depositan su origen y su legitimidad en la Constitución de todos, la de 1978.

Unas instituciones que, por definición democrática, deberían estar al servicio de todos los ciudadanos y que han sido 'prostituidas' por el actual poder político catalán, al ponerlas al servicio de un proyecto político parcial y minoritario, divisivo y antidemocrático. Ver las bochornosas sesiones de hace unas semanas en el Parlament de Catalunya, impidiendo el debate, silenciando a la oposición, haciendo caso omiso de los dictámenes jurídicos de su propia Secretaría General o de sus letrados, e incluso en contra de la opinión del Consell de Garanties Estatutàries, y en contra del propio Estatut d'Autonomia, es, además de algo absolutamente ilegal, profundamente autoritario.

Nada que deba sorprendernos, sin embargo. Las propias leyes ilegales y fraudulentas aprobadas esos días se cargan algo tan sagrado en democracia como la división de poderes o la jerarquía de las leyes.

Están en un proceso revolucionario. Un auténtico golpe de Estado contra un Estado plenamente democrático y miembro activo de la mejor construcción política contemporánea: la Unión Europea. Y eso sólo cabe combatirlo con la ley y con el Estado de Derecho. Con todas sus consecuencias. Incluidas, por supuesto, las penales. Pero también las morales.

Porque es radicalmente inmoral que se desgarre una sociedad admirablemente cohesionada y que ha sabido integrar todas las diferencias de origen, que ha posibilitado una maravillosa convivencia entre lenguas, culturas y tradiciones y que ha sabido, al mismo tiempo, gracias a nuestra Constitución, preservar aquello que para los catalanes es esencial: su lengua, su cultura y sus tradiciones, pero sin contraponerlas al extraordinario acerbo común que se deriva de la integración secular de Cataluña en el conjunto de España.

Por todo ello, va a ser muy difícil que perdonemos a los separatistas catalanes. Han estropeado ya muchas cosas. Pero las vamos a superar. La sociedad catalana es muchísimo mejor que sus actuales dirigentes autonómicos. Y los catalanes (y yo lo soy, como me siento también español y europeo) sabremos recuperar esa sagrada y preciosa cohesión que ahora algunos intenta romper.

Como han intentado romper también la relación entre la sociedad catalana y la del resto de España. Han intentado que se identifique su proyecto político divisivo con el del conjunto de Cataluña. Y nada más lejos de la verdad. Porque han querido que el resto de España se 'separe' de Cataluña. Y así poder argumentar que «España no nos quiere» o incluso peor, que «España nos odia». ¡Cuanta mezquindad! Y que se añade a su ridícula y execrable pretensión de contraponer una hipotética Cataluña moderna y europea, frente a una España atrasada, rural y reaccionaria. ¡Cuánta ignorancia o cuánta maldad! Sólo bastaría que se dieran una vuelta por nuestro maravilloso país y vieran cómo ha progresado, cómo ha sabido sobreponerse a las dificultades y cómo podemos sentirnos plena y felizmente orgullosos de ser españoles. Como debemos sentirnos también los catalanes que hemos vivido los mejores cuarenta años de nuestra historia.

Por todo ello, y a pesar de todo, los españoles (y los catalanes entre ellos) también tenemos que agradecerles a los separatistas algo muy valioso: han conseguido que reaccionemos, que hagamos frente a sus falsedades y a sus mentiras, que salgamos a la calle, que hayamos perdido el miedo a expresar nuestros sentimientos y nuestras ideas, y que nos sintamos orgullosos de todo lo conseguido entre todos.

Van a perder por muchos motivos: por no ser mayoría, por no tener ni liderazgo ni coherencia interna o por no tener el menor apoyo internacional serio. Pero sobre todo, van a perder por menospreciar algo esencial.

Y eso esencial es el orgullo legítimo por forma parte de un apasionante proyecto político que llamamos España. Una España democrática, europea, y plenamente capaz de integrar toda su extraordinaria y rica diversidad, incluida la de una Cataluña plural, diversa, y que quiere mirar al futuro con esperanza. Un futuro que sólo pasa por una Cataluña mía y nuestra dentro de esta España mía, esa España nuestra...

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