Condolencias

JOSÉ MARÍA ROMERA

Todos somos Gabriel, gritaban las pancartas. Era la expresión (seguramente bienintencionada) de un dolor compartido, pero era un enunciado erróneo. A veces la retórica de la solidaridad tiende a ahogarse en sus propios fluidos, uno de los cuales es ese llanto incontrolado que conduce a la hipérbole y a la imprecisión. La sobrevaloración moderna de la empatía ha llevado a confundir el desplazamiento emocional al lugar del otro con la usurpación de su espacio. Ya no es que nos coloquemos en el pellejo del doliente, sino que exigimos que se nos reconozca el mismo estatuto de víctima que a él. Pero tan solo somos buena gente que pasaba por allí y que en un momento dado se detuvo guiada por la pena o la compasión, afectada por la contemplación de un sufrimiento ante el que no pudo mantenerse indiferente pero que no era el suyo. Y mejor que así sea.

Si hubiese que echar una mano, convendría que lo hiciera alguien con fuerzas, con la cabeza fría y los ánimos en suficiente buen estado para prestar ayuda eficaz, y no alguien debilitado por la postración. De modo que habría quedado mejor que las camisetas y las consignas dijeran, por ejemplo, «Todos estamos con Gabriel». Es decir, le acompañamos en el sentimiento, como recitaba el viejo tópico de las condolencias funerarias. Evidentemente nadie es tan masoquista que desee cargar con el padecimiento de otro. Nadie aspira a ser objeto de un crimen, de un robo o de una enfermedad grave. Pero sí hay en la atmósfera social cierta ansia de gozar de las prerrogativas de la víctima, porque como ya explicaba Pascal Bruckner la victimización es la versión dolorida del privilegio. Son tiempos líquidos (o quizá gaseosos, como sostiene Alberto Royo) en los que el mercado de las emociones precocinadas nos ofrece un amplio surtido de posibilidades para ejercer la virtud sin necesidad de comprometernos demasiado.

Un simple clic al pie de un manifiesto permite sentirse tan activista como el cooperante que se juega la vida yendo al rescate de náufragos en las costas libias. Un tuit lanzado al descuido desde el sofá crea la ilusión de estar al frente de la manifestación. Somos unos simples espectadores a distancia -más o menos consternados, más o menos dolidos- que fantasean con la idea de estar viviendo el drama en toda su magnitud solo por el hecho de declararse identificados con quienes lo padecen de verdad. Cuidado con los excesos de la empatía, y más cuando se quedan en la mera gesticulación. Hay que precaverse contra ese sentimentalismo tóxico de que habla Dalrymple, que acaba sustituyendo el deber moral de la ayuda por la simulación de estar necesitado de esa ayuda. Decir a la víctima que nosotros también lo somos es ofenderla. A cambio obtenemos la dudosa recompensa del derecho a la queja: otra refinada manera de abstenerse de hacer algo por el prójimo.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos