Condenados a la caducidad

Condenados a la caducidad
Relaciones humanas

JOSÉ MARÍA ROMERA

Ya es algo comúnmente admitido que hoy los bienes de consumo salen de fábrica destinados a durar un tiempo limitado, a fin de que debamos reemplazarlos por otros que a su vez también tendrán un corto ciclo de vida. Es la obsolescencia programada, la nueva ley de la producción destinada a garantizar la estabilidad de la demanda. En teoría el progreso debería habernos llevado a la situación opuesta: unos aparatos y productos cada vez más consistentes que, gracias a los nuevos materiales y al perfeccionamiento de las tecnologías, nos hicieran compañía por más tiempo, libres de averías y menos vulnerables al desgaste que sus predecesores. Pero sucede al revés.

Hace unas semanas los periódicos contaban la historia de Sydney y Rachel Saunders, una pareja de octogenarios británicos que con motivo de la mudanza a un apartamento más moderno habían decidido desprenderse de los electrodomésticos de su vieja casa. Lo llamativo de la noticia era que varios de los aparatos puestos a la venta, todos ellos en perfectas condiciones, tenían más de medio siglo. La lavadora era un regalo de su boda, celebrada en 1956, tres años antes de que con motivo del nacimiento de su hija compraran la secadora que también formaba parte del lote. Ya no acostumbran a darse casos de longevidad como este. La vieja lealtad que profesábamos a los objetos ha sido reemplazada por un trato superficial e inestable, efecto muchas veces de su escasa capacidad para vincularse a nuestras vidas.

Distinguía Rafael Sánchez Ferlosio entre dos tipos de obsolescencia: por un lado la material, es decir, la fabricación deliberada de productos materialmente efímeros, y por otro la simbólica, que él relacionaba con el discurso de la persuasión publicitaria. No es solo que los bienes queden inutilizados por el uso, las averías o el deterioro; es que cualquier pretexto nos vale para considerarlos envejecidos y correr ansiosos detrás del repuesto de última generación que nos seduce desde los catálogos y las pantallas. Ni siquiera se salvan aquellos objetos entrañables a los que, perdido su valor material, atribuíamos un «valor sentimental» porque estaban ligados a hechos vitales felices, a recuerdos de seres queridos o a inocentes supersticiones privadas. Los anticuarios son buenos testigos de este desapego que se manifiesta a las claras tras el fallecimiento de una persona mayor. Hasta hace poco, los herederos rivalizaban por quedarse con los objetos portadores de la memoria familiar; ahora la norma general es desprenderse inmediatamente de ellos sin molestarse siquiera en tasarlos.

¿Huida de los vínculos con el pasado? ¿Aversión a lo viejo por el hecho de serlo, sin atender al valor cultural, emocional o incluso utilitario que pueda conservar? El hecho es que a la obsolescencia provocada por las artimañas de la industria -piezas y repuestos inencontrables, actualizaciones de software que inutilizan el aparato anterior, costes exagerados de las reparaciones- se añade otro agotamiento más eficaz, el del consumidor ávido de novedades, seducido por la última golosina del mercado, movido por un misterioso impulso que le lleva a menospreciar de la noche a la mañana lo que poco antes había deseado con ahínco y había disfrutado con placer. ¿Son los fabricantes quienes nos someten a la tiranía de lo efímero o somos nosotros los primeros interesados en buscar excusas para el cambio? No en vano el lenguaje del deseo consumista ha puesto de moda el verbo «enamorar» para designar la atracción que pretende ejercer sobre el usuario el bien que se le ofrece en el escaparate de la moda.

Pero lo que se le propone no es un enamoramiento de por vida, ni siquiera un noviazgo de cierta duración. Es simplemente un flirt dentro de la cadena de escarceos y caprichos que se extiende asimismo a otras formas de relación entre el sujeto y la realidad. Piénsese, por ejemplo, en la sobrevaloración de la actualidad como baremo para la estimación de los hechos. Nada que no haya ocurrido recientemente merece la atención del espectador. Hay una sed de acontecimientos inmediatos que privilegia el hecho banal ocurrido hace unas horas sobre el suceso de trascendencia que pasó a perderse en el olvido de las hemerotecas. También las noticias llevan adherida su obsolescencia, como la llevan los libros caducados a las pocas semanas de editarse o las películas caídas de la cartelera.

Tal vez tenga que ser así. Como ya dejó dictado Lipovetski, cuanto mayor es la presencia de lo efímero más nos sujetamos a la realidad sin dejarnos atrapar por la fantasía; y cuanto más domina lo provisional más estables se muestran las democracias. Quizá la 'alargascencia' -como en algún lugar han llamado, en ocurrente neologismo, a la práctica de arreglar los objetos para darles nueva vida- no sea sino un intento ilusorio de detener el tiempo que nos devora y nos retrata en última instancia como seres, ay, de usar y tirar.

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