Cónclaves

Estoy seguro de que compartiré con muchos de ustedes una sana envidia por los germánicos que, por encima de intereses cortoplacistas y electoralistas, son capaces de superar barreras ideológicas y llegar a acuerdos

JAIME AGUILERA / ESCRITOR

Leo el periódico y me encuentro con un gran titular y dos noticias antagónicas. En la portada se escribe que los jubilados han tomado la calle pidiendo pensiones dignas. En la sección de internacional se resalta en titulares que los dos grandes partidos de Alemania (la izquierda y la derecha) reeditan otra vez el gran pacto para formar gobierno. Por último, en la sección de política nacional se me informa que el partido socialista abandona la comisión parlamentaria del llamado pacto educativo.

Estoy seguro de que compartiré con muchos de ustedes una sana envidia por los germánicos que, por encima de intereses cortoplacistas y electoralistas, son capaces de superar barreras ideológicas y llegar a acuerdos que, como ocurre en cualquier negociación, no está exenta de renuncias y de sacrificios por ambas partes; porque por encima hay un objetivo que se germina con la semilla de buscar un interés común de todos los ciudadanos teutones, un mínimo sentido de Estado que se presupone en cualquier dirigente político, cosa que parece ser cada vez más brilla por su ausencia en los políticos de nuestra piel de toro.

Me preocupa muchísimo que en este país no haya todavía un gran pacto nacional del agua. Un bien escaso que va a determinar nuestra forma de vivir en las próximas décadas y del que, aunque muchos lo quieran ocultar, depende el futuro de todos: desde la agricultura hasta el turismo, desde el que vive en el campo hasta el que vive en la ciudad.

Me preocupa muchísimo -porque me toca muy de cerca- que en este país no haya todavía un gran pacto en contra de la violencia sobre la infancia, que ha quedado relegada por su hermana la violencia de género, igualmente preocupante, pero que ocupa portadas que la violencia contra un niño sólo lo hace si se escribe con la tinta roja de la crónica de sucesos (es el caso de la triste muerte de Gabriel de Almería), pero que permanece impune sin leyes ni juzgados específicos, sin medios..., sin eso: sin un gran pacto nacional.

Sin embargo, la radiante actualidad me obliga a volver a dos grandes pactos de Estado de los titulares de prensa: la educación y las pensiones.

Cuando por fin se había creado una comisión parlamentaria para hacer unas leyes educativas que no se cambien si lo hace el partido que gobierna, que tengan en cuenta que la educación es la mejor inversión posible, la que garantiza el futuro de una sociedad. Cuando por fin se había creado una comisión para hacer unas leyes que refuercen al maestro como figura de autoridad, que tengan en cuenta los yacimientos de empleo y la formación integral de la persona. Pues bien, cuando por fin nos habíamos puesto de acuerdo para sentarse y hablar, ahora resulta que a las primeras de cambio el partido socialista, arguyendo únicamente que no se pone encima el dinero que ellos piden, coge y como niño pequeño se levanta de la mesa y se lleva su pelota para que no sigamos jugando, cuando es tanto lo que nos jugamos. Lo dicho: así nos va.

Y otro tanto ocurre en algo tan crucial como las pensiones: uno de los pilares del Estado de bienestar que tanto llevamos a gala en el mundo entero. Y aquí todavía es peor: desde los famosos y fructíferos Pactos de la Moncloa de la Transición, el único acuerdo que se elevaba por encima de los partidos políticos era el llamado Pacto de Toledo. Pero ha llovido mucho desde que nos pusiéramos de acuerdo en 1995 sobre quince orientaciones básicas para hacer digno y sostenible este gran logro. Casi un cuarto de siglo en el que los ciudadanos han tenido la tranquilidad de que iban a tener unos ingresos más o menos suficientes desde que se jubilaran hasta que fallecieran: nada más, y nada menos. Pues bien, en lugar de sentarse a forjar otro gran acuerdo para las próximas décadas, unos y otros se dedican a bajar al fango político y electoralista en un tema tan delicado y trascendental. Unos no percibiendo de que algo hay qué hacer, de que el sistema no es sostenible en el futuro más inmediato. Y los otros aprovechando el momento para hacer ocurrencias de cara a la galería o, peor aún, lanzando a la calle a los jubilados para pescar en río revuelto.

La palabra 'cónclave' ('con llave') designa a los cardenales que, literalmente, se encierran bajo llave: la puerta no se abre hasta que se elige pontífice y sale el humo blanco por el tejado vaticano.

Pues bien, se hace necesario, de una vez por todas, un cónclave en la comisión del pacto educativo y otro en la del Pacto de Toledo. Dos cónclaves que encierren bajo llave a sus señorías e impida abrir las puertas de los leones del Congreso hasta que no lleguen a un acuerdo, aunque sea de mínimos.

Ya está bien.

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