La concejalía del grifo

Agradecemos que haya políticos que nos animen a beber agua, aunque sea la del grifo

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Sin que sirva de precedente escribo estas líneas junto a un enorme vaso de agua corriente listo para su consumo, ya que uno es muy obediente con el Ayuntamiento donde, esta semana y sin causa aparente, han decidido lanzar a la población la recomendación de beber agua del grifo. Cuando lo hicieron, a quienes conocemos las viejas virtudes laxantes de este líquido nos latió la sospecha de que dicha invitación proviene de personas que no han probado el agua del grifo más que en los cubitos de hielo y a veces ni eso, porque hay gente que acumula en sus venas el suficiente pijerío como para rellenar sus cubiteras con agua mineral.

El agua del grifo ha gozado de mala fama: siempre se ha dicho que la de Málaga ha causado a la población suficientes piedras en el riñón como para rehabilitar toda la Alcazaba. La insalubridad del elemento se palió hace ya 12 años con la puesta en marcha de la desaladora de El Atabal, pero se sostiene la idea, que desde aquí constato, de que la única forma de disfrutar bebiendo agua del grifo es servirla como el vino malo: bien fría, a una temperatura suficiente como para anular la sensibilidad del paladar y bajo un estado radical de sed.

Los técnicos municipales insisten en clasificarla como «agua sin sabor anómalo». Raúl Jiménez, el edil responsable de medio ambiente y por tanto concejal del agua, afirma además que nuestra agua del grifo es mejor que la de muchas marcas de agua embotellada, fijándose de ese modo en otro tipo de sostenibilidad ambiental: la que soportan miles de malagueños herniados cuando salen del súper cargados de garrafas, como previendo una guerra. ¿Insinúa el concejal que quienes compran agua o que decantan mediante filtros están siendo estafados, o es que el agua del grifo en realidad no está tan buena como nos la pintan?

Tras leer el análisis que hace Emasa sobre el agua municipal, compararlo con las limitaciones del Real Decreto 140/2003 y familiarizarse con términos como 'ósmosis inversa de flujo directo', se puede concluir que el agua de los grifos malagueños nos llega exprimida del manantial más fino del mundo, pero luego el ciudadano se da de bruces con la realidad, hallando en su infeliz cata doméstica un sabor acomplejado por notas metálicas y con inconfundibles reminiscencias de piscina pública. El cloro no se puede evitar porque en ese caso estaríamos bebiendo agua verde, pero es ahí donde reside parte de la indigencia del agua corriente Los demás límites parecen oportunos, incluso mejores que en otros caldos de ciudades marítimas cuya calidad suele ser despreciable, pero soportamos en nuestros gañotes una presencia de cloro de 0,94 miligramos por litro cuando el límite es 1. Ahí aprobamos por los pelos, pero agradecemos que haya políticos que nos animen a beber agua, aunque sea la del grifo. Lo normal es que den ganas de pedirte otra cosa.

Fotos

Vídeos