Compasión

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Suele incomodarme el protocolo, ese orden establecido por no se sabe qué ente superior que dicta dónde colocarse, cómo comportarse, qué conviene decir y sobre todo qué no hacer. «El orden nos exime de ser libres», escribió Chantal Maillard en 'Matar a Platón', aunque ella se refería a la falta de compasión generalizada, en el sentido más noble de la palabra; se produce un accidente, una testigo está a punto de gritar ante el dolor ajeno pero alguien le recuerda que el sesenta por ciento de las muertes en carretera son peatones y que han llamado a una ambulancia y la mujer contiene su delirio porque aquello ya no le incumbe. El protocolo, como determinados órdenes, aprieta y deja un rastro de caspa por donde pasa, un reguero de esa sumisión rancia que marca las relaciones personales y profesionales, en lo público pero también en lo privado, desde una jerarquía casi siempre cuestionable. Por eso resultó emocionante ver a miembros de la sociedad civil y de los cuerpos de seguridad y emergencia, protagonistas de la cadena de solidaridad -y de compasión, en su acepción maillardiana- desatada tras los atentados, encabezando la manifestación del sábado en Barcelona.

En un acto repleto de representantes políticos (hay quienes tienen la generosidad de llamarles autoridades), establecer una primera fila formada por personas anónimas probablemente incumpla cualquier manual de protocolo, pero ahora sabemos que cualquier otra fórmula habría destilado insensibilidad. Se equivocan, sin embargo, quienes aprovechan la natural erosión de ese protocolo rígido y chirriante al que nos tienen acostumbrados, y el creciente rechazo ciudadano a su eco anacrónico, para campar a sus anchas desplegando la falsa bandera de la libertad de expresión. Porque acudir a un acto de duelo a algo más que a dejarse doler o consolar resulta miserable, y justificarlo mediante el secuestro del derecho a manifestar una opinión política, cuando el resto del mundo aún está lamiéndose las heridas de lo vivido o lo visto, agrava la ruindad.

Flaco favor hacen a los independentistas los abucheos y graznidos escuchados en plena manifestación contra el terrorismo, salvo que su intención fuera la de sepultar un debate lícito, necesario incluso, bajo la apariencia del radicalismo más inexcusable. Quien interrumpe un velatorio para lanzar reproches está más cerca de ser un acomplejado que un cancerbero de la libertad de expresión, porque además se trata de los mismos sujetos que poco después boicotearon las entrevistas a los representantes de otros partidos. No se trata de que la monarquía o las políticas territoriales del Gobierno central sean indiscutibles, que no lo son y desde luego requieren ser revisadas, o de que ignoremos la realidad catalana, aunque muchos se empeñen en ponerse varios juegos de toallas como venda, sino de respetar el dolor, ese grito contenido ante lo inexplicable. De compasión, joder, de compasión.

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