Combatientes al por menor

JOSÉ MARÍA ROMERA

Allá por las décadas finales del siglo XX era frecuente encontrarse con pancartas y pasquines que informaban de conflictos laborales por medio del término «lucha». El grito de un sector en lucha o el aviso de la lucha por un convenio sindical digno informaba de algo más que una reivindicación: era la expresión de una postura activa en la persecución de un fin concreto. La lucha implicaba energía, tesón y firmeza, y no excluía la posibilidad de un recurso a la violencia que en cierto modo añadía legitimidad a la causa en cuestión. Luchar ennoblece. El bien alcanzado aumenta su valor si los medios puestos en su conquista han obligado a sacrificios o han comportado el uso de la fuerza. Es cierto que luchar es un verbo comodín que permite la aplicación un tanto hiperbólica a todo tipo de empresas que requieran algún esfuerzo por liviano que sea, y como tal tiene asegurada la pervivencia en el léxico de los comportamientos humanos.

Pero en los últimos años el concepto de lucha ha experimentado un cierto desplazamiento del plano colectivo al individual. Al tiempo que decae la épica de las comunidades movidas por impulsos solidarios, crece otra épica privada en la que el sujeto se siente llamado a ejercer de héroe en trámites vitales de mayor o menor entidad que antes constituían simples desafíos de índole doméstica. No es que seamos más combativos, sino al revés: es que la nostalgia de las lides no libradas lleva a imaginar campos de batalla en los que poder sentir la estimulante experiencia del guerrero. Acostumbrados a tener las cosas al alcance de la mano, necesitamos una retórica que al encarecer nuestros logros mínimos nos devuelva el mérito perdido en medio de tanto confort. Y así crecen y se multiplican las luchas cotidianas. Está el que lucha por conquistar al ser amado y quien lo hace por perder grasa, el que lucha por su libertad sexual, por sacar adelante a su familia o por culminar sus estudios y quien lucha por el muy coelhiano objetivo de ver cumplidos sus sueños. Allá donde hay una meta del tamaño que sea y una dificultad real o imaginaria, allá que surge un aguerrido combatiente.

Pero la insistencia en la ejemplaridad de la lucha acaba excluyendo otras actitudes no menos recomendables en la persecución de las metas. No todo en la vida exige operaciones militares. A veces para obtener algo valioso basta con pedirlo educadamente, o con perseverar en el empeño sin necesidad de recurrir a fuerza de ninguna clase, o con poner en juego la inteligencia antes que la tensión o el enfrentamiento. El sentido bélico -o, si se prefiere, deportivo- de la lucha implica presión, fatiga, ansiedad, competitividad, muy en la línea de los ideales atlético-cinematográficos que se van imponiendo en el imaginario de nuestra época. Que tal modelo de comportamiento sea el adecuado para determinadas situaciones en las que la existencia nos pone a prueba con el rigor de sus desafíos no significa que haya otro orden de cosas más habitual en el que lo recomendable sea actuar con calma, armonía, pausa y serenidad. Insistir en la lucha engendra hostilidad frente a un mundo bastante más amistoso de lo que creemos. Un caso llamativo de esta tendencia a la retórica de tintes belicistas lo ofrecen las enfermedades graves en las que al enfermo se le exhorta a adoptar una postura combativa. Tratando de infundirle ánimos se le conmina a pelar contra una dolencia más fuerte que él. Pretendiendo acompañarle con nuestra empatía le estamos exigiendo no solo que ponga entereza y buena cara, sino que gane la partida al mal poniendo unos medios de los que carece. A quien hay que pedir que luche contra la enfermedad no es al enfermo, sino a la medicina y sus profesionales. El enfermo tiene derecho a hacer justamente lo contrario: abandonarse, ponerse en manos de quienes pueden curarlo y, en el peor de los casos, rendirse.

LA CITABertolt Brecht «El que combate puede perder, pero quien no combate ya ha perdido»

Pero nos gusta exaltar la lucha porque hacerlo es una forma de exaltar la voluntad. Queremos ver enfermos aguerridos porque su actitud nos permite alimentar la fantasía milagrera de que con voluntad y esfuerzo todo se puede conseguir, de que nada escapa a nuestro control si ponemos el empeño suficiente. Te curas si quieres curarte, le decimos al enfermo. Y, si se diera el caso de que nuestra profecía no llegara a cumplirse, nos quedaría el siempre consolador recurso de elogiar la victoria moral de quien luchó hasta el último momento. Cuando todo es lucha, no hay lugar para el débil. Si la línea de conducta ante cualquier problema o dificultad y ante las metas que nos proponemos es el combate, ello quiere decir que de acabar en éxito el mérito será nuestro, pero también será nuestra la responsabilidad si todo acaba en fracaso. Otra paradoja más de esta cultura individualista que construye héroes de la nada quizá para consolarse de su condición cada vez más sumisa y resignada.

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