Colateral

Los consejeros ricos de la Junta idearon un plan para el Metro malagueño que ignoraba una parte considerable de la realidad

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

El político, en su laboratorio, hace fórmulas cabalísticas, se sube y se baja del pedestal de los discursos, y la mitad de las veces se olvida de a qué orejas irán a parar sus palabras. Un alquimista jugando con la realidad e intentando encontrar la piedra filosofal que convierta el barro en oro. Lo que ocurre es que, cuando el político acaba su representación, el barro sigue siendo barro. Y normalmente mancha los pies y los bajos del peatón que somos usted y yo. Los consejeros ricos de la Junta de Andalucía -en aquel tiempo todos teníamos el espejismo de ser ricos- idearon un plan para el Metro malagueño que ignoraba una parte considerable de la realidad. Que nos ignoraba. Y he aquí que la realidad se nos apareció de pronto -a ellos y a nosotros- con un rugido feroz surgido de la garganta de Lehman Brothers. Un tsunami financiero que acabó de un plumazo con todos los espejismos. Y el Metro, como el rey del cuento, quedó desnudo.

Y así continúa en parte. Así está, desnudo y abandonado, en ese lugar crucial, plaza del Poeta Manuel Alcántara, donde la ciudad se parte en dos. Como arrancaba su reportaje Ignacio Lillo, «En la historia del metro en el Perchel y la avenida de Andalucía, casi todo lo que podía salir mal, ha salido mal». Diagnóstico certero el de Lillo, y aún así, generoso, porque la cosa ha salido peor que mal. Por mucho que la ciudadanía se adapte a las trabas y poco a poco perciba los obstáculos como un mal venido del cielo ante el que solo cabe resignarse, todo lo ocurrido al pie de ese edificio de Correos comido por la carcoma y ahora momificado es y ha sido un puro desastre. Presupuestos cojos, falta de liquidez, contratos rescindidos, parones, interminables trámites administraticos y una vía muerta que han convertido esa parte de la ciudad en la simulación de un Detroit de juguete.

Hemos conocido la historia de una estanquera a la que la obra le arruinó la vida. No ha sido la única. El Metro tiene algo de Atila. Innumerables negocios han vivido y siguen viviendo en una especie de estado de sitio. Son los daños colaterales. Un fuego amigo que proviene de los despachos políticos y que lleva más de una década entorpeciendo la vida de quienes transitan por ese lugar y empobreciendo a los empresarios de la zona. El delegado del Gobierno andaluz ha reconocido que ante esta serie de despropósitos sus compañeros tienen poca excusa. Ninguna. De poco vale que tras ese golpe de pecho, Ruiz Espejo anuncie que cuando las obras terminen aquel será un lugar muy próspero. Es decir, lo que era hace más de una década. Una de cal y otra de arena. Ruiz Espejo abordó la realidad para seguidamente entrar en los terrenos de la prestidigitación con una soflama política que para aquellos que han pagado con su modo de vida las veleidades e imprevisiones de otros es un doloroso sarcasmo.

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