Cloacas del porno

El alféizar

RAFAEL J. PÉREZ PALLARÉS

La pornografía llegó hace muchos siglos a la historia de la humanidad para quedarse. Ha evolucionado pero siempre desde el mismo sesgo: una visión cruda y meramente carnal del sexo. Hemos pasado de los papiros y las piedras a las pantallas del móvil, pero en toda la evolución siempre ha permanecido el acto sexual como protagonista con connotaciones deshumanizadoras y compulsivas; conviene recordar que el consumo del porno libera dopamina, la misma sustancia que el cerebro produce cuando se consume alcohol o drogas, y eso puede llegar a enganchar. En España, el país decimotercero del mundo en consumo de pornografía, el acceso a la libre barra del porno plantea grandes retos en la educación de nuestros niños y jóvenes. Y adultos. En nuestro país, los hombres representan el 74% de consumidores frente al 26% de las mujeres. Si damos el salto de España al mundo descubrimos que a nivel mundial se ven anualmente 90.000 millones de vídeos pornográficos. Y eso significa que lo ve muchísima gente.

Una conocida página porno afirma que más de 80 millones de usuarios entran cada día en su portal realizando unas 800 búsquedas al segundo. Además señalan que en 2017 se incrementó el uso de porno en la mujer siguiendo los pasos del hombre. Las estadísticas son reveladoras porque desvelan algo preocupante: entre las categorías más buscadas a nivel mundial se encuentran la de adolescentes y en Alemania la última moda son los vídeos con refugiados como protagonistas. Para colmo se está produciendo un incremento llamativo en las búsquedas de sexo con musulmanas vistiendo el velo. Según los expertos, parte de este inusitado interés, estaría provocado por el placer que produciría a muchos de los consumidores del primer mundo ver humillados a sus protagonistas. Porque en ningún momento se invierten los papeles.

La persona no es objeto, conviene recordarlo. La pornografía ofrece una visión deformada de la sexualidad anulando al amor, engancha a personas que experimentan adicción y rompe a familias y parejas. El porno encierra en la propia carne a millares de personas. Y alimenta una manera degradante de entender las relaciones humanas. Supone, además, una realidad que ofrece un trampolín para desarrollar una experiencia sexual violenta y humillante especialmente para menores, mujeres y marginados. En este sentido, la pornografía es vehículo fácil para canalizar los deseos de agresividad y es aliada perfecta para frivolizar con algo tan sagrado como es la persona y la experiencia sexual.

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