Clamor por Jorge

A cada uno lo suyo

Ojalá estallen clamores de alegría en México, y que uno de ellos sea por Jorge

PEDRO MORENO BRENES

Escribo esta columna con una esperanza, con el deseo de que pase algo difícil pero no imposible. La resistencia de los seres humanos en casos extremos puede ser inimaginable si confluyen factores diversos y la historia ha demostrado que algunas veces la vida aparece cuando la experiencia nos lleva al pesimismo. En México ha tocado ahora, aunque el mundo sufre una racha reciente de desastres naturales que se está llevando por delante vidas y haciendas cuando el aire se mueve a lo bestia o la tierra tiembla desde sus extrañas. Huracanes, terremotos, maremotos, volcanes, lluvias torrenciales, sequías, heladas.... El ser humano convive con todo esto desde el inicio de su existencia y de hecho nuestro propio recorrido como especie ha estado condicionada por fenómenos como el de las glaciaciones. Sin embargo hay que reconocer que los efectos de algunos de estos desastres tienen, respecto a las víctimas, un componente clasista: casi siempre son los pobres los más perjudicados, los menos preparados ante el furor de la naturaleza. Tanto humo y residuos, tanta depredación de recurso naturales, no traen nada bueno. El cambio climático que hemos provocado no es la causa de todo, pero ayuda, para nuestra desgracia, a que esto se ponga peor.

Pero los terremotos tienen un perfil singular; aunque la ciencia avanza en mejorar el conocimiento sobre los seísmos, estos son fenómenos naturales incontrolables e impredecibles. Ya que no se pueden «predecir», nos toca hacer todo lo posible para prevenir sus efectos. La historia nos ha enseñado que terremotos con un grado similar al de México de estos días (7,1 de la Escala de Richter y que a fecha de hoy han matado a cerca de 300 personas), han provocado cifras de víctimas a una distancia abismal, como es el caso de los 200.000 fallecidos en Haití en 2010 (con una magnitud 7). La calidad de las edificaciones y la planificación ante el riesgo de seísmos son elementos determinantes y eso al fin al cabo depende de voluntad política, inversiones públicas y privadas y conciencia en la gente de que esto desastres pueden pasar y hay que estar preparados para saber actuar.

Pero si algo vale la pena después de una tragedia como la que han sufrido nuestros hermanos mexicanos es el afán por salvar semejantes. Las naciones se ayudan (ojalá lo hicieran siempre) y los idiomas se mezclan en los equipos de rescate que sin embargo van todos a una en detectar vida después de la catástrofe. Hay pocas cosas tan emotivas como las escenas de voluntarios (junto a bomberos, policías o sanitarios), que aunque han perdido casi todo, se dejan las uñas, las manos, la salud, para sacar de la tierra a familiares, vecinos o desconocidos. El clamor de alegría ante una vida salvada y el respeto y piedad ante el que sacan muerto. A Dios pido que en estas horas estalle más de una vez el clamor de alegría en México, y que uno de ellos sea por Jorge, mi paisano malagueño.

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