La ciudad deseada

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Vuelven los ecos, apagados durante meses, de una posible moción de censura en Torremolinos. Su alcance aún tiene la debilidad del sonido de unos pasos lejanos, de momento pura rumorología alimentada por el cambio de gobierno en Marbella, pero José Ortiz debería salir de su acolchada trinchera institucional para tomar nota. La costumbre del alcalde de lanzar a su número dos, Maribel Tocón, al barro del cruce de acusaciones con el resto de grupos políticos, especialmente con el PP, comienza a sugerir más desapego que diplomacia, por mucho que Tocón le saque las castañas del fuego con la solvencia de la veterana que aún no es. Los populares le han cogido gusto a eso de recuperar plazas perdidas, y Torremolinos ha pasado a convertirse en la ciudad deseada. La crispación desatada entre los vecinos por la subida en los recibos del IBI allana el camino a Margarita del Cid, que parece tener más enemigos dentro que fuera de casa. Y en Málaga lo saben, por eso aún no han convocado su congreso local, aunque se resisten a constituir una gestora como han hecho en la olvidada Benalmádena, donde una coalición presidida por el PSOE cuyo naufragio parecía inevitable (cuatro partidos y tres concejales no adscritos) va camino de llegar intacta a 2019, en parte por la actitud almibarada, casi ingenua, desplegada por el PP en los últimos meses.

Regresando a Torremolinos, Del Cid se asoma a su gran oportunidad, ya sea ahora o dentro de dos años. Pocas conquistas políticas resultan tan deseables como ser elegido alcalde o alcaldesa de tu ciudad. El reto es mayúsculo, porque implica tomar las riendas de un partido dividido y deslegitimado para lanzar críticas en materia de transparencia, economía o personal, y presidir la Mancomunidad, como ocurre con la Diputación, nada tiene que ver con el terreno enfangado de la política municipal. De la gestión de un ayuntamiento nunca puede salirse indemne, aunque Ortiz quiera acabar la legislatura con el traje impoluto y la sonrisa ancha. Los cambios prometidos en Torremolinos no terminan de materializarse más allá de lo intangible, y la regeneración democrática, la participación y el aperturismo eran necesarios pero de poco sirven si las calles están sucias, las fachadas del centro continúan en estado ruinoso, los barrios quedan desatendidos y la factura del IBI se triplica. La buena noticia para el alcalde es que sobre el papel aún quedan dos años para tapar agujeros y responder con altura de miras, pero sin atalayas, a la confianza que la mayoría de la corporación depositó en él para poner en marcha la necesaria transformación de la ciudad. La mala es que el plazo podría agotarse antes de tiempo ahora que Torremolinos se ha convertido en el gran objetivo de la Costa del Sol.

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