Ciencia sin dinero

Ángel Escalera
ÁNGEL ESCALERAMálaga

La ciencia es clave en cualquier país desarrollado que se precie. Menos en España, que sigue siendo diferente. El gran recorte del dinero destinado por el Estado a la investigación en la última década (es decir, lo que empezó podando el Gobierno de Zapatero lo ha rematado el de Rajoy) evidencia un galopante desprecio por la investigación científica en general y por la oncológica en particular. Y, claro, así nos va. De mal en peor. La cicatería del Ejecutivo no la comparte la Unión Europea, que aporta fondos para que se puedan desarrollar distintos estudios. Si no fuera por ese dinero que concede Europa, la situación sería todavía más trágica. Voces autorizadas de la ciencia española lamentan que los políticos no valoren la importancia de la investigación. Entre los que cuestionan los tijeretazos dados por el Gobierno central a los proyectos científicos está Mariano Barbacid, uno de los más prestigiosos investigadores españoles en el campo del cáncer. El exdirector del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) estuvo la semana pasada en Málaga y manifestó que «en España ha habido, en los últimos diez años, unos recortes salvajes en la financiación pública de la investigación». Barbacid, que sabe de lo que habla, lo pudo decir más alto, pero no más claro. Las declaraciones de ese peso pesado de la investigación científica del cáncer tendrían que haber removido conciencias. Sin embargo, sus palabras fueron como predicar en el desierto. Ya se sabe que no hay peor sordo que el que no quiere oír. La sordera profunda es un mal endémico de los que mandan.

Quitarle dinero a la ciencia es doblemente contraproducente. Por un lado, se impide el desarrollo de líneas de trabajo que podrían dar fruto y, por ejemplo, servir para sacar al mercado fármacos eficaces para curar los tumores. La lucha contra el cáncer es compleja, larga y sin tregua. La única forma de ganar esa guerra es potenciar y financiar las investigaciones. En ese camino deberían ir de la mano las partidas del Estado (cuantas más, mejor) y de las entidades privadas (en forma de mecenazgo). Por otro lado, los recortes en el apartado científico traen consigo un gasto sanitario que podría evitarse, porque pacientes que tendrían la oportunidad de vencer sus enfermedades, merced a los frutos de las investigaciones - al quedar estas inconclusas y sin fondos para completarse-, necesitarán atención médica, consumirán muchos medicamentos e, incluso precisarán ser ingresados en un hospital. O sea, que lo barato saldrá caro. Es necesario un plan nacional para sacar a la investigación del pozo. Y hace falta ya.

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