Cien años de 'Parade'

GOLPE DE DADOS

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Mientras Europa se desangraba un grupo de genios hacía de las suyas. El 18 de mayo de 1917 el Teatro Chatelet de París presenció un 'succès de escándalo': el estreno de un ballet cuyo título, 'Parade', se refería a un barracón de feria en el que se anunciaban los espectáculos del interior. En realidad, si uno reflexiona sobre este tinglado no puede dejar de pensar que 'Parade' no es sino un delirio publicitario, ahí están los managers, el mago chino, la niña norteamericana, los acróbatas que representan un nuevo concepto de arte, la creación financiada, el fin de un mundo y el nacimiento de otro. A Jean Cocteau, en ese momento conduciendo ambulancias en la frontera belga, se le ocurrió, bajo obuses y bengalas estallando en el cielo, unir los vértices. Le fue con el cuento al empresario de los Ballets rusos, el poderoso Serguei Diaghilev, que al principio no lo vio. Tanta fue la insistencia que Diaghilev, cansado del gallo, un día le agarró de la solapa y pronunció el famoso 'sorpréndeme'; con ese mandato, Cocteau abandonó la decadencia simbolista y fue al estudio de Pablo Picasso vestido de arlequín. Aquel encuentro crucial superó cualquier camuflaje, desde ese momento la amistad entre el malagueño y el mago fue uno de los hechos cruciales de la vanguardia. Parece mentira que ambos rompen para volver a encajar las piezas. En la década siguiente vendrá el retorno al orden, Picasso dibujará minotauros cretenses y las aguas volverán a su cauce, pero en 1917 se trata de dar argumentos rupturistas al herido poeta Apollinaire. El soberbio telón con caballo alado y los trajes imposibles son un reclamo para limpiar de la escena mundial el excesivo maquillaje de la 'Belle Èpoque', escribe Corominas. En cualquier caso sin las notas musicales de Erik Satie nada hubiera sido igual. Satie aceptó el reto pero le advirtió a Cocteau que él, una persona mayor, no se mezclaría con el resto de la pandilla, esto es, el coréografo Baskt, el bailarín Massine, y la intrigante Misia Sert, que no paró de conspirar para desbaratar los planes de la gran familia desplazada a Roma, a Pompeya y a Florencia. Además, Pablo Picasso conoció a una extraña bailarina del Ballet Ruso, Ólga Koklova, que se convertiría en su siguiente esposa, 'mánager' y pesadilla, durante muchos años. Pero esa es otra historia. Lo cierto es que este año se cumplen cien del estreno de 'Parade', un lanzamiento repleto de incidentes, dicen que aún resuenan los insultos y pateos de un público que aquella noche tomó como un insulto aquella puesta en escena porque no podían adivinar que veinte años más tarde en los ascensores sonarían melodías y que las máquinas de escribir serían las nuevas armas del intelecto. Me llama la atención que, salvo una fugaz y esquemática representación en el Museo Cocteau de Menton, no se ha recordado como se merece este hito en el arte de la vanguardia. Ni en Málaga, ni siquiera en París, donde al menos el telón que Picasso pintó para la ocasión se podría haber exhibido ya que es una obra mayor.

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