Cien años después

Golpe de dados

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Fue hace cien años, según el calendario gregoriano (no el juliano), cuando los bolcheviques lograron tomar el Palacio de Invierno dando jaque mate al gobierno provisional de Alejandro Kerenski y culminando así la estrategia pautada por Vladimir Ulianov, popularmente conocido como Lenin, y a su efectiva consigna «todo el poder para los soviets». Otro Vladimir, Vladimir Nabokov, escribe desde su exilio ginebrino: «De los monótonos postes al borde del camino resbalan una tras otra las inquietantes noticias...y cada poste deja caer su larga sombra, el camino es largo, y tú estás solo...»; Nabokov se sumaba a las más de cuatro millones de personas que se vieron obligadas a huir de la Santa Rusia, a los que deben sumarse los muertos causados por la guerra civil, que no concluyó hasta 1922, y que se cobraría otros dos millones de víctimas. Nos referimos al sexenio en el que Lenin dominó las estrategias del movimiento bolchevique, seis años, desde 1918 hasta su muerte en 1924, en que nadie se atrevió a contradecir sus órdenes; no en vano está considerado, aún hoy, por los propios rusos, como su figura histórica más relevante, incluso delante de Iván, el terrible, cuyo sobrenombre explica su talante.

Sin embargo, la revisión historiográfica del papel de Lenin, y de sus métodos, cada día resulta más crítica y menos condescendiente, aunque se mantiene como líder indiscutible de aquellas jornadas que cambiaron la tierra, al menos la rusa. Hemos escrito papel. Indudablemente Lenin era tan consciente de la posteridad que, sin ir más lejos, no firmó ningún documento que le comprometiera con ejecución de los Romanov y jamás se inmiscuyó en los masivos fusilamientos de rusos blancos ordenados por los camaradas Trotsky o Stalin, este último un ogro que después masacraría a treinta millones de seres en nombre de la igualdad social. La Revolución de octubre, cuyo primer ensayo había estallado en febrero de ese mismo año 17, no la organizó sólo Lenin sino que fue consecuencia de múltiples factores: los consecutivos errores de bulto de la intolerante pareja imperial que pagó con su vida, y con la de sus hijos, su oposición a las reformas democráticas, la sucesión de derrotas en el frente alemán, donde el ejército ruso, desabastecido y mal armado, no quería sino volverse contra sus oficiales... No olvidemos que en este escenario, de por sí calamitoso, se declaró una hambruna en el proletariado industrial que la ineptitud de los políticos de la derecha e izquierda burguesa, empecinados en continuar la guerra, no supieron calibrar. La Revolución de octubre no la hizo Lenin, no. Pero la encauzó, y para ello no le importó prometerle al Kaiser alemán, enemigo natural de Rusia, la firma de una paz inmediata, si este sufragaba un tren que le llevara a San Petersburgo. Y así se hizo. Desde ese momento, los bolcheviques (facción minoritaria del partido obrero socialdemócrata) lideraron el golpe de octubre. «Una revolución -escribió Lenin- no puede hacerse sin pelotones de fusilamiento» Y Rusia se anegó en sangre.

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