China, ¿el sueño del presidente Xi?

La Tribuna

Estamos ante un experimento que, al menos hasta la fecha, parece tener éxito. El objetivo es duplicar el PIB per cápita de 2010 en el año 2021 y situarlo en 10.000 dólares

El auge de la economía china es un tema recurrente en foros económicos y en noticias en los medios en los últimos años. Se cuestiona su modelo económico y político, sus cifras de crecimiento, la salud de sus empresas, la solvencia de sus bancos, etc. Esta desconfianza, si nos atenemos a las cifras de su economía y a su papel creciente en la diplomacia mundial, parece infundada. De hecho, lo que nos dicen estas cifras es que estamos ante la segunda potencia mundial, tras EEUU, y ante el segundo país más poblado del mundo (recientemente India ha tomado el testigo). Permítanme que aparque cuestiones políticas y sociales, y que me centre en el plano puramente económico, que es mi ámbito de conocimiento. Desde este punto de vista, estamos ante un experimento político-económico que, al menos hasta la fecha, parece estar teniendo éxito.

En los últimos tiempos, gran parte de este éxito tiene un nombre: el del presidente Xi Jinping. El último Congreso del Partido Comunista celebrado a finales de octubre ha encumbrado aún más al actual presidente, que además ha conseguido rodearse de sus colaboradores más allegados. Xi, cuyo nombre pasará a incluirse en los libros de historia china tras Mao Tse Tung y Deng Xao Ping, ha dejado claro sus objetivos: el primero, conseguir que China sea una economía mucho más próspera, y para ello pretende duplicar el PIB per cápita de 2010 para el año 2021 (hasta situarlo en 10.000 dólares). El segundo, convertir a China en una economía rica, plenamente desarrollada, y poderosa a nivel mundial de cara al 100 aniversario de la República Popular China en 2049. La apertura del sector de servicios; la reforma de las empresas públicas, ineficientes y muy endeudadas; el control del crédito como freno a la burbuja inmobiliaria de muchas ciudades del este, y la inversión en infraestructuras, son proyectos clave hoy en curso, y que se mantendrán en los próximos años.

A día de hoy, parece que China camina en la dirección adecuada. En los últimos años ha conseguido mantener un crecimiento continuo por encima del 6% (un 6,8% en el tercer trimestre de este año), con un modelo de crecimiento claramente diferente al de hace 10 años. Ya no se habla de China como la «fábrica del mundo», sino que hoy son el consumo doméstico y la inversión privada los principales motores de crecimiento. La vieja industria pesada estatal, claramente sobredimensionada, ha pasado a un segundo plano. Esto se está notando en las cifras regionales. Así, zonas como Shanxi, con un alto peso de la industria de carbón, o Liaoning (acero) han pasado de pesar cerca de un 30% del PIB del país en el año 2010 hasta los niveles actuales del 6%.

Esta bondad económica facilita el trabajo del banco central. La ineficiencia de la industria pesada y su escaso peso en el PIB, permiten que los altos precios de producción derivados del mayor coste de las materias primas no se estén reflejando en las cifras nacionales de inflación. Se ha frenado la salida de capitales, se ha estabilizado la divisa, y la mayor regulación bancaria ha frenado las actividades de los bancos que habían aupado aún más la burbuja inmobiliaria vía la concesión de crédito a través de vehículos de inversión fuera de su balance (SPV). Se han establecido además normas de control a las empresas de seguros, para que eviten sectores de alto riesgo. También se han dado los primeros pasos para contener los altos niveles de deuda de las empresas públicas, aunque esta medida no ha impedido que la agencia Standard & Poor's rebajara en octubre su calidad crediticia.

Muchos avances están todavía lejos de concluir y, además, no están exentos de riesgos. A nivel político, un grupo importante de miembros del partido comunista recela de estos cambios e intenta impedir la entrada de nuevos miembros al partido para mantener así su cuota de poder. A nivel económico, lo que está ocurriendo en China no deja de ser un gran experimento en el que participa el 20% de la población mundial y que no tiene nada en común con el mundo desarrollado al que quiere emular, que tiene a la democracia como forma de gobierno. La mayoría de la población china está contenta con este régimen, pues ha conseguido en dos décadas una gran prosperidad para el país. Pero su optimismo depende que se consigan mantener estas promesas de crecimiento.

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