El chico del agua

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

El perro me despierta poco después del amanecer, pidiendo estirar las patas y desahogarse como cada mañana. Su pequeño mundo se circunscribe a los alrededores de una de las antiguas puertas de entrada a la ciudad, el polo norte del Centro. Allí donde una fuente da nombre al barrio de Olletas, más arriba de la Victoria y el Compás. Es sábado y aún no despunta el día. La ruta habitual de los paseos somnolientos suele enfilar más hacia el sur que hacia el norte, porque el camino de Los Montes siempre se hace cuesta arriba. Pero ese día le ha dado por ahí (el caniche manda), y así es como nos topamos con el chico del agua.

Está junto a los caños, que guardan aún, inscritos en la tapia, una de las más claras lecciones de respeto por la Naturaleza que he leído, y que siempre me evoca la maravillosa Platero y yo: «No maltrates a los animales, que ellos hacen fácil tu trabajo y te ayudan a ganar el pan». Es moreno y extremadamente delgado, viste unos vaqueros ceñidos y una camiseta, y apenas se le ve la cara, metido como está en faena; aunque acierto a ver un piercing en forma de pequeño aro en la nariz. Tiene a su lado un carrito como del supermercado, pero más grande, con mucho sitio donde acarrear, y va cargando garrafas enormes que un día fueron de aceite de girasol para restaurantes, con la etiqueta desdibujada y todavía medio pegada.

Lleva un montón de bidones de varios tamaños, que va llenando en los caños con cabeza de león, y se diría que, tan enclenque y 'chupaillo', no podría tirar de semejante peso hacia donde quiera que fuese. Me mira un momento, como avergonzado de verse descubierto por alguien en semejantes circunstancias, y vuelve a sumergir la cara en el recipiente para comprobar el avance lento del llenado. Lleva cantidad para muchas personas, o para muchos días si es que viviera sólo, que no lo creo. Me quedo pensando en las muchas casas viejas del barrio, y en las nuevas que se quedaron en tierra de nadie (tierra de los bancos) durante la última gran crisis. Algunas están ahora okupadas. Trato de adivinar cuál de ellas sería la de su morada, mientras él sigue en su atávica labor.

Ya prosigo el camino mañanero, con el perro trotando feliz a mi lado, mientras pienso en la terrible paradoja de esta Málaga de los mil museos y la tecnología de vanguardia; de las grandes infraestructuras y el desarrollo; de la modernidad y los cruceros y los turistas por montones. En definitiva, en la Málaga del esplendor del siglo XXI, donde todavía hay familias que tienen que recurrir al agua de una fuente para abastecerse de lo más elemental para la vida.

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