El mal, muy cerca

Recordad aquel verano, la A-7, cuando fue el peor de los infiernos

JESÚS NIETO JURADO

Lo malo del mal es cuando el mal anda cerca, y perdonen este arranque negro en la puerta de arranque de julio. Lo peor del mal es su cercanía, el modo en el que horada a nuestras instituciones más queridas: así sea el colectivo de los educadores o el de los ángeles custodios que van de verde y llevan muriendo décadas en los desmontes del Norte. Porque lo peor del mal, del mal en carne viva y representado por el Sargento Polilla, es que anida en nuestras cuatro esquinas cotidianas, y no hay que irse a una paramera de Siria a encontrarlo. No, basta con ahondar en un biografía como la de Miguel Campos López, en ir humillando al uniforme, a tantos que pasaron por Valdemoro. Lo cierto es que el mal puede ser transitorio, aunque precisa de un largo proceso de incubación. La maldad no es espontánea como el amor o como la locura, sino que tiene mucho de física, mucho de genética, y muchísimo de química. Y ver el mal en el arranque del verano, en la carretera, acaba por dejarnos sin capacidad de reacción y con un dolor en el alma, en el periódico, que nos impide bendecir estos días que son julio y son frescos.

Leyendo yo la reconstrucción de Cano y Frías no pude evitar que me brotaran unas lágrimas de rabia, otras de pena, y alguna más de indignación como nieto del Cuerpo. Una manzana podrida emponzoña el cesto cuando muchos de la «nueva política» se empeñan en desprestigiar a quienes velan por nuestra libertad y nuestra seguridad. Ocurre que el mal en nuestra tierra, en contraste a la luz, escuece mucho más. El mal viene aliado con la muerte y el asfalto, y contra esa trinidad fatal tenemos que intentar ser felices, dormir la siesta en la hamaca, bucear por Maro, viajar a Samarkanda y desayunar tejeringos cuando hayamos montado un hogar.

Este humilde intruso que les escribe hubiera deseado recordar los días malagueños de Camarón, que fueron los primeros. O enmendar la plana a aquellos que ahora reniegan de la Transición y sus virtudes por las cuales podemos pensar en lo humano, en lo divino y en el de enfrente sin pasar por Carabanchel como vago, desviado o maleante. Pero el punto kilométrico 225,150 de la A-7 por Torremolinos ha condicionado las conversaciones de bar, las portadas, el murmullo de esta ciudad que se ha vuelto grave hasta contradecir julio. Habrá verano, claro, pero será un verano diferente. El sargento Polilla llevará por los siglos de los siglos la penitencia, sus investigaciones internas abiertas, su daño irreparable al Cuerpo y esos muertos a sus espaldas. Sin embargo, nada nos podrá evitar que cada vez que pasemos por la A-7, nos acordemos de aquel verano de 2017 en el que Campos López, él solito, abrió el peor de los infiernos; «a gran velocidad y con desprecio para la vida».

Recordar que el mal está cerca, tenerlo presente, quizá nos haga más libres, más comedidamente felices y más humanos si me apuran.

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