La rotonda

Centurión

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Resulta llamativo el escaso revuelo que ha provocado en Málaga el que podría ser el último fichaje del equipo oficial de la ciudad. Un tipo, Centurión, denunciado por violencia machista por su exnovia; que además se jacta en redes sociales de posar con el torso desnudo y rifle en mano; y que presume de que su cuadrilla es tal que «sólo me quedan dos amigos vivos: el resto tengo que ir a visitarlos al cementerio». Vaya por delante que me importa una higa que el Málaga contrate a tal o cual pájaro. Hace tiempo que dejó de interesarme el fútbol, entre otras cosas porque no me parece un deporte como los que sí sigo, donde se premia y recompensa el sacrificio al estilo Nadal, Contador, Belmonte o Beitia, sino un espectáculo donde veo mucho tatuaje, demasiado postureo y poco valor a la disciplina del esfuerzo.

Pero lo cierto es que detrás de los colores de un equipo hay una legión de seguidores que los idolatran. En muchos casos niños, pequeñas mentes en formación para quienes esos tipos que cada domingo salen al césped a sudar la camiseta, que ellos luego se compran con el mismo dorsal, son sus héroes. Y por todo eso llama la atención que nadie en esta ciudad se haya escandalizado por el hecho de que el único club de Primera División de Málaga anuncie como su nueva estrella a alguien que está investigado por mandarle un mensaje directo a su expareja con la amenaza: «Si no sos mía no vas a ser de nadie». ¿Se imaginan que en vez de un futbolista estuviésemos hablando de un periodista o de un concejal al que hubieran cazado con el envío de un SMS con esa salvajada? Probablemente, su carrera profesional estaría ya a estas horas finiquitada tras la lapidación en redes sociales y ruedas de prensa.

Pero el fútbol parece estar bajo la pátina de la inmunidad ética. Quizá porque actúa de poderoso opio del entretenimiento en una población que no ve lo que pasa a su alrededor durante los 90 minutos que dura el partido y los siete días posteriores en que los medios montan el debate sobre si hubo fuera de juego o el árbitro no debió pitar aquella entrada. O quizá, quién sabe, porque el forofismo es un eficaz narcótico que anula la capacidad crítica y no deja ver que en este negocio se amañan los partidos, se pagan nóminas millonarias a chavales que sólo le están dando patadas a un balón y, lo que es peor, que crece en muchos campos de fútbol base una semilla de violencia a través de gritos e insultos que, con los años, puede acabar dando el retrato robot de muchos 'centuriones'.

Pensaba en todo esto hace unos días. Y pienso en ello cuando después de darle el sermón sobre la importancia de ser constante, educado y generoso en la vida, veo marchar cada domingo a mi pequeño Gonzalo con su abuelo Enrique camino de La Rosaleda.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos