Centrolandia revienta por Navidad

El fenómeno de la iluminación de Navidad en Málaga resulta ya insostenible

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

El reportaje que publicó este periódico el pasado miércoles sobre las luces y las sombras del modelo de Navidad en Málaga resulta interesantísimo y muy útil para derribar el mito de que este modelo masificado es bueno para el comercio y genera puestos de trabajo. Lo discutible de la iluminación de la calle Larios jamás ha sido un debate sobre el buen gusto. Se hace cada vez más evidente que la iluminación de Navidad que propone el Ayuntamiento de Málaga centrada en la calle Larios con todas las exageraciones posibles resulta insostenible para el medio ambiente, vulnera las recomendaciones de seguridad a nivel europeo en lo que se refiere a evitar aglomeraciones, incumple las propias leyes municipales contra el ruido en la vía pública y genera una masificación que visto lo visto cada vez contenta a menos gente. De hecho ya estamos viendo que este modelo sólo lo defienden los que se llevan alguna tajada de ello. De todos los gremios consultados, sólo los hosteleros valoran positivamente el fenómeno de las luces de Navidad. Para el Ayuntamiento por supuesto ha supuesto el colofón de 'un año para enmarcar'.

Los pocos vecinos que quedan viviendo en el Centro y que no han cedido a la tentación de poner su piso en AirBnb son castigados con la pena de vivir en un lugar en el que se hace imposible la vida normal. La mayoría de calles han estado intransitables gracias a una mezcla implosiva de terrazas, cerramientos, músicos, mimos, vendedores de cupones, eufóricos comensales de comidas de empresa, gitanas con romero, dudosas muestras callejeras de fotografías autobombo, repartidores en diversas formas de locomoción, puestecillos que venden algodón, almendritas, tambores, chupetes de caramelo y demás parafernalia feriante, todo esto regado con aglomeraciones de gente que se junta en masa para admirar las bombillas y disfrutar de una experiencia gastronómica en cadena. Ya no importa si estos visitantes vienen de Almogía o de Cincinnati porque el problema es que todo ese mogollón cae sobre el mismo territorio mínimo que es el casco histórico y que esta Navidad ha reventado como nunca. Y ya no es sólo por los pocos miles de personas que viven allí: para el resto, como cualquiera podrá atestiguar, desplazarse al Centro en época navideña ha sido una auténtica temeridad, un aparatoso traslado envuelto en el caos de aparcamientos llenos, atascos diarios y autocares de todas partes, como en una extraña peregrinación. Ni a los comerciantes le hace ya gracia este invento porque han caído en la cuenta de que el hecho de haya más gente no quiere decir que vendan más. Al final comprobaremos que el peligro de esta ciudad no es el turismo, los hosteleros, los comerciantes ni los vecinos, sino un Ayuntamiento que no conoce límites ni término medio y que maneja poca o ninguna planificación ni altura de miras más allá del año que viene. En esta ciudad falta una reflexión profunda sobre el modelo que persigue, pero pocos parecen tener tiempo ni ganas de hacerla.

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