Censuras

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

Hace unos días vino a entrevistarme al Congreso una joven investigadora extranjera que está haciendo un postgrado en Ciencia Política en nuestro país. Su primera pregunta fue: ¿qué es para usted la democracia? Durante un momento, como en una escena humorística en la que mucha gente tratara de salir al mismo tiempo por una pequeña puerta, las ideas se agolpaban en mi cabeza sin que mi boca fuera capaz de emitir ningún sonido. Al final una, quizá la más fuerte, se abrió paso: «para mí la democracia es algo muy distinto de la tiranía de la mayoría».

Poco a poco, en nuestra conversación, me pude ir explicando hasta dejar claro que, tanto o más que quién tiene el poder, me preocupa cómo lo ejerce, y muy especialmente cuáles son los límites de ese poder. Un poder irrestricto, lo tenga quien lo tenga, sea una persona o sea una multitud, es un enorme motivo de desasosiego. Quizá lo más valioso de una democracia no es tanto maximizar el poder del pueblo, como maximizar la libertad del pueblo. Al fin y al cabo, el pueblo que ejerce el poder es, en gran medida, y como dice Rosanvallon, inencontrable. Todo lo más, cuando buscamos al pueblo que tiene el poder, lo que encontramos son mayorías, que no son todo el pueblo en sentido estricto, e instituciones, más o menos representativas del pueblo, pero que tampoco son todo el pueblo. Sin embargo el pueblo que disfruta de la libertad es mucho más fácil de encontrar, porque, en buena parte, esa libertad la disfrutamos individualmente, la podemos sentir de una manera mucho más efectiva y personal que sentimos el poder que tenemos como pueblo.

En los últimos tiempos se escucha con cierta insistencia que en nuestro país se está produciendo una regresión en determinadas libertades democráticas, concretamente de la libertad de expresión. Si eso es así, deberíamos ocuparnos más que preocuparnos. Y la mejor forma de ocuparnos de restituir la plena libertad de expresión, es ejerciéndola. El problema es que con la libertad de expresión pasa como con la democracia, es decir, que no siempre la libertad de expresión es una expresión de libertad. En demasiadas ocasiones el discurso que se expresa libremente es un puro ejercicio de tiranía, con toda su carga de burdas mentiras, calumnias abyectas y violenta intimidación.

Es verdad que la censura realizada desde los poderes del Estado resulta muy evidente, pero por esa misma razón también resulta más fácil de combatir que otras formas de censura. Es más, se puede volver fácilmente esa censura contra quien la ordena. Hay otras menos evidentes. Hace un par de años viví una escena familiar en Cataluña en la que unos padres le pedían a su hijo adolescente que no dijera en el colegio que es español, para evitarse líos. Todos ellos se sienten tan catalanes como españoles, pero algunos han ejercido contra ellos una forma de censura más discreta y eficaz que las cargas policiales, una forma de intimidación que no sale en los telediarios de todo el mundo, pero que también es violencia. La tiranía no es exclusivamente un ejercicio minoritario, elitista y ajeno.

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