Censura

JOSÉ MARÍA ROMERA

Que el vídeo tuiteado por Donald Trump fuese de producción propia o lo recibiera ya hecho y él se hubiera limitado a darle un par de retoques carece de importancia. El caso es que al difundirlo firmó toda una declaración de principios. No lo hizo para burlarse de sí mismo, sino para transmitir una amenaza disimulada por el tono de aparente autoparodia. No es la primera vez que el presidente de la primera potencia mundial se encara con los medios de comunicación y no precisamente recurriendo a las artes del debate. El videomontaje del 'pressing catch' es un eslabón más de una cadena de gestos agresivos y de señales desafiantes hacia una prensa a la que se considera con derecho a reprender e insultar. Algunos analistas consideran que en esta escalada de amonestaciones el humor está jugando un papel sustancial. La grabación tiene gracia, no hay duda: un Trump desmelenado se lanza al lado del cuadrilátero contra otro individuo cuyo rostro aparece tapado por el logo de la CNN y, tras derribarlo y echarse encima de él, le asesta unos violentos puñetazos en la cabeza que lo dejan inconsciente. Los usos de la comicidad autorizan a representar escenas como esta donde queda suspendida la regla de la verosimilitud. Al fin y al cabo, ¿no es con chanzas similares como se está manifestando masivamente una oposición a Trump más preocupada por producir chistes, sátiras y caricaturas que por analizar con rigor la catástrofe que supone su política? La guerra humorística contra Trump ha engendrado unos usos burlescos donde todo cabe, hasta la posibilidad de hacer pasar por verdadero lo que solo es simulación. Si para muchos estadounidenses su actual presidente ha dejado de ser una persona de carne y hueso para convertirse en un grotesco teleñeco, no debe extrañar que de vez en cuando esa criatura risible emerja de su ridiculez y, aprovechándose de ella, se permita lanzar recados que serían inadmisibles dichos en un lenguaje serio. La censura moderna ya no necesita recurrir a las mordazas. Antes al contrario, cuantas más voces suenen y más se multipliquen las informaciones mayor es la probabilidad de que lo relevante pase inadvertido en medio de una mar de banalidades y que lo comprometedor quede neutralizado por otras versiones que lo desmientan o lo pongan en duda. Cuesta menos fabricar tuiteros alegres y ruidosos que grises censores armados de tijeras. La amenaza de censura contenida en el vídeo de Trump va más allá de acallar a los medios que le resultan incómodos. De lo que avisa es de que está dispuesto a entrar en la refriega comunicativa empleando toda clase de medios, saltándose las reglas, atropellando al adversario. Y pasando los mensajes por el filtro de una irrealidad televisiva en la que nada es lo que parece. ¿Cabe censura más eficaz que la consistente en hacer que verdad y mentira queden igualadas?

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