Caza de fantasmas

Sin ir más lejos

No hay institución, partido o sindicato donde no actúe ya una brigada de limpieza de sangre curricular

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

El avance social tiene mucho que ver con el abandono de palabras ofensivas que han servido durante siglos para denigrar y cerrarle el paso al diferente, siempre inferior. También el futuro galopa a lomos de neologismos de aprobado general con los que marcar distancias y dar un barniz real o fingido para mejorar el curriculum, si no se es un 'crack' digital acabado en 'er'. ¡Fuera corruptos de la universidad!, el último grito de los estudiantes de la Universidad Rey Juan Carlos, expresa esa decepción compartida desde que Cifuentes decidiera emprender su actual máster no presencial sobre la flotabilidad política imposible. La culpa, claro, no es de los másteres, sino de los que que cooperan en devaluarlos a nivel de falsa moneda mientras otros meten codos y hasta la paga del abuelo para sacarlos. De la formación extra algunos de nuestros representantes se quedan sólo con el envoltorio, una bula docente a precio de oro que exhibir como si fuera una medalla aunque no deje de ser un lamparón moral impresentable. La política no sólo es imagen, aunque en el país de las apariencias públicas como gran salvoconducto, este máster imaginario o aquel diploma de cuatro días en Harvard a precio de caviar retraten a unos protagonistas que prefieren antes falsos títulos que años reales de cotización laboral en el currículum. Un máster como el de Cifuentes se ha vuelto tan tóxico que incluso empieza a actuar como un poderoso desinfectante. Ha desatado la frenética operación de higiene que sigue a cualquier burbuja que explota. No hay institución, partido o sindicato donde no actúe ya una brigada de limpieza de sangre curricular. Es el propio interesado el que empieza a actuar para eliminar cualquier traza biográfica de clembuterol académico. Nada va a ser ya igual para los políticos dopados, ahora bajo la caza de fantasmas universitarios, que no de brujas, en el país que inventó la novela picaresca. España ha pasado de aquella áspera nación de cabreros que decía el poeta, a esa otra donde el triunfo, si no se era rico de cuna, consistía en ser médico, arquitecto o ingeniero. Ahora abundan los parados de máster y maleta hecha para escapar del destino entre camareros, dependientes y políticos de abandono escolar temprano. Algunos de estos, en lugar de combatir la titulitis, se sumaron alegremente a ella creyendo que la excelencia académica se toma en píldoras recetadas por la universidad de cabecera. Son los que piensan que gestionar la cosa pública tiene algo que ver con mentir en el cv, algo mucho peor que inflarlo y poco con el liderazgo, la ética y la estética. El primer ministro sueco, Stefan Löfven, es soldador. Bajó un brillante expediente académico no siempre hay un gran líder, ni tampoco bajo un mono de obrero, pero sí una forma de ser. La concejala Teresa Porras, administrativa, coquetea con el milagro de arreglar la limpieza de Málaga, y nadie le está exigiendo un máster en gestión de conflictos.

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