Caza de brujas

La sensación de que hace 30 años vivíamos en un país más libre que el de ahora es deprimente

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Resulta un alivio comprobar que todavía queda algo de lucidez y de resistencia en el viejo continente respecto a la novísima dictadura de la moralidad sexual en la que nos ha metido desde Norteamérica a todo Occidente. En una entrevista a un periódico austríaco, el director de cine Michael Haneke ha descrito como una caza de brujas propia de la Edad Media a lo que ha llegado el movimiento #MeToo, a la vez que critica que se borren a los actores sospechosos en una moda enfermiza de puritanismo histérico que condena cualquier forma de erotismo y aplaude las condenas sin juicio. Haneke se suma a otro feliz acontecimiento para las libertades que fue la publicación de un manifiesto contra el puritanismo sexual que firmaron más de cien mujeres. Entre otras, Catherine Deneuve, quien se vio obligada a pedir perdón después de sufrir un linchamiento público que incluyó, entre tantas lindezas, la distribución de una foto suya manipulada como si le hubieran dado una paliza.

Duele comprobar que esas mismas poses de moral llegan también a nuestro país. Empezamos denunciando micromachismos, nos inventamos varias etiquetas para redes sociales traducidas del inglés y hemos terminado con carteles que les dicen a los hombres qué postura deben adoptar en el transporte público para no parecer que oprimen a las mujeres. Ahora mismo no se sabe si uno debe cederle el paso a una señora o si eso resultaría un desprecio a sus capacidades físicas o intelectuales. El respeto se disuelve por el cumplido más inocente. Una actriz rica y poderosa monta un pollo para exigir que despidan a un periodista porque le tocó la rodilla durante una entrevista en 1993, o por cualquier cosa que no tenga nada que ver con una agresión sexual, mientras que detrás del escaparate hay un número insoportable de mujeres asesinadas por los hombres y parejas que viven atrapadas en el maltrato y en la toxicidad oculta en la propaganda del amor romántico.

La sensación de que hace 30 años vivíamos en un país más libre que el de ahora resulta deprimente, toda una decepción. Dice muy poco de nosotros que un rapero esté a punto de entrar en la cárcel por una canción o que un chaval de extrarradio resulte condenado a pagar más de 400 euros de multa por compartir una foto de un Cristo con su cara, mientras que Iñaki Urdangarin se las pasa perfeccionando su nivel de esquí en Suiza con una condena pendiente de casi siete años de prisión. Son ejemplos que imitan la construcción de una moralina que atenta contra las libertades con el aliento de una sociedad atrapada en un estado perpetuo de escándalo e indignación. No nos extrañaría nada que ahora los guardianes de la moral participaran en la quema pública de todas las películas de Haneke, ese cerdo machista. Da miedo pensar qué será lo próximo, quién será el próximo que será linchado en esta plaza pública.

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