Cautivo, Jesús

RAFAEL J. PÉREZ PALLARÉS

Jesús Cautivo ya está en Málaga. Tras más de cuatro meses de permanencia en la ciudad hermana de Sevilla, donde ha sido restaurado por el imaginero Juan Manuel Miñarro, ha vuelto a su casa. Ha vuelto para sentir el calor de su gente, el de su barrio trinitario y el de toda Málaga. Ha vuelto para volver a estar cerca de su pueblo. No puede ni quiere vivir sin él. Pueblo al que ama, quiere y desea. Su imagen hipnotiza. Y acerca a Dios. Jesucristo, al que los cristianos reconocen Dios y hombre verdadero, queda magníficamente esculpido y descubierto en la talla del Cautivo.

El culto tributado a los sagrados titulares de las cofradías y hermandades malagueñas se sitúa en el ámbito de la mediación. Y es un privilegio para quien descubre esa experiencia. Porque supone un salto sencillo y sublime a la trascendencia.

Como referíamos en el pregón de Semana Santa de 2013, no descubrimos nada nuevo: basta acercarse al Señor de Málaga y contemplar cómo arrastra una marea de fieles que creen en él, que sienten su abrazo trinitario. Quien se hace dueño de la madrugada camina silencioso entre un clamor de oraciones calladas, de una multitud que sigue con fe su infinita estela blanquecina. Málaga se siente prisionera con él. Sus labios parecen susurrar que siempre estará junto al pueblo.

Pero ¿a quién remite la bella imagen de Jesús Cautivo? ¿Quién es el hombre Jesús que rompe la historia desde la sencilla pequeñez de un pesebre y la tortura de cruz? ¿Por qué tantos y tantas encuentran en su persona el fundamento prioritario de sus vidas? ¿Qué ocurre cuando lo miras cara a cara? Cuando se contempla su imagen se descubre en él al prisionero, al cautivo inocente; pero también a quien sufre: el enfermo, la mujer maltratada, el niño abandonado. Y, por supuesto, a quien grita libertad. Su imagen no es apta para corazones insensibles, duros, indiferentes. El Cautivo, Jesús, para quien le conoce es alternativa: o se inclina por lo que defiende y su estilo de vida o juega en otra liga.

La experiencia vital de Cristo estremece cuando se lee y medita el Evangelio. Nos conduce irremediablemente a saber cómo se mueve, qué es lo que piensa, por qué hace las cosas; cuáles son sus deseos, por qué nació o por qué guardó silencio. Todo en él es una lección de vida. Paradójicamente quien está cautivo es liberador.

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