Cataluña, siempre nuestra

JOSÉ MARÍA CALLEJA

Han empezado los independentistas la legislatura catalana incumpliendo la ley de igualdad, que prevé paridad entre mujeres y hombres. En la cámara con más mujeres de la historia, resulta que solo hay una entre seis hombres en la Mesa del Parlament. En la anterior había tres mujeres. Está claro que están a otra cosa y nada de la agenda social puede distraerles de su fruición identitaria vivida de manera mesiánica.

Quizás sean las palabras del -breve- presidente de edad, Ernest Maragall, ahora en las listas de ERC, las que resumen y anuncian que esto, lo que se dice solución, solución no tiene. «Cataluña será siempre nuestra», ha dicho de manera desabrida el hermano del alcalde que consiguió los Juegos Olímpicos, cuando Barcelona/Cataluña triunfaba, Maragall daba brincos de alegría y la designación irritaba los celos enfermizos de Pujol. Nuestra, que tiene una connotación de película mafiosa, «uno de los nuestros». Siempre, pase lo que pase, en la realidad tozuda que desmiente a los nacionalistas.

Se entiende que nuestra es de los independentistas, de los nacionalistas, de los catalanes fetén, de los que consideran que Ciudadanos, el partido al que han votado más catalanes, no son catalanes; son seres ajenos, extranjeros en su tierra. ¡Qué se vaya a Andalucía!, dijo de Inés Arrimadas Nuria Gispert, en día presidenta del Parlament.

Si pespunteamos la frase integrista de Maragall con lo dicho por el nuevo president, Roger Torrent -los dos electos en la misma lista-, nos sale una sociedad partida en dos. Torrent dice que quiere «coser» y para hacerlo ha empezado por no dar un viva a la república catalana que sí gritó la anterior presidenta, Carme Forcadell. Está bien, sobre todo si pasa de las palabras a los hechos.

Pero lo cierto es que al nuevo president no le ha dado el aire de la calle, no sabe lo que es buscarse la vida en trabajos por cuenta ajena; vive en el líquido amniótico del partido, ERC, desde que tiene memoria. Esto también da bastante información.

Mientras, Puigdemont, que se ha hecho un gorro de Napoleón con un periódico belga escrito en neerlandés, y blande una espada flamígera contra los enemigos por doquier, dice que sueña con una investidura por su sitio, sea éste el que fuere, y se aprovecha de la penuria carcelaria de Junqueras para reivindicarse a sí mismo.

Desde la delegación de Santiago Carrillo en Gerardo Iglesias, la bendición de Arzalluz en Garaikoetxea -era navarro, decía el burukide, como único mérito- y la abdicación en manos de Puigdemont por un Mas enviado a la papelera de la historia por la CUP, el género humano ha demostrado que el heredero tiende a comerse al designador. Le puede ocurrir ahora a Puigdemont con el/la que señale.

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