Catálogo de nuevas infracciones

Catálogo de nuevas infracciones
Relaciones humanas

JOSÉ MARÍA ROMERA

Conductas que a nuestros mayores les parecían inofensivas han pasado a ser vistas hoy como dañinas. Nadie en su sano juicio entendería en nuestros días que un profesor se pusiera a fumar en el aula ni que fuéramos al volante del coche sin atarnos el cinturón de seguridad, y no solo porque la ley lo prohíbe: la sensibilidad social ha avanzado en círculos concéntricos arrastrando en su expansión a unas normas cada vez más congruentes con ese progreso. Lo mismo podría decirse de otros comportamientos relacionados con el respeto a las minorías, la búsqueda de la igualdad, el acatamiento de los derechos humanos o la protección de los animales. El baremo del mal se ha tornado más exigente y al mismo tiempo ha incorporado supuestos que antes ni siquiera considerábamos merecedores de reprobación.

Fuera del terreno moral empieza a ocurrir algo parecido a la hora de ampliar el catálogo de trastornos y enfermedades de todo tipo, o de incluir entre las ya existentes algunas formas del malestar que antes pasaban, si no inadvertidas, sí como pejigueras de poca importancia. La pesadumbre derivada de una separación o una pérdida lleva a la consulta del terapeuta, al niño revoltoso se le somete a tratamiento por hiperactividad y los efectos anímicos de cualquier revés vital de poca importancia son contrarrestados, previo el pertinente diagnóstico, con fármacos producidos al efecto. Se diría, pues, que el Bien en todas sus acepciones ha ganado terreno y las personas hemos agudizado nuestros detectores hasta el extremo de no dejar el menor resquicio al dolor ni a la indecencia.

Sin duda es una buena noticia, que dice mucho de nuestra capacidad para mejorar individual y colectivamente. Pero esta hiperestesia ante los daños presenta también un lado negativo. Si la menor anomalía es objeto de tratamiento igual que cualquier pequeño delito es objeto de reprobación, quizá es que hemos desarrollado una piel demasiado fina incapaz de generar recursos de defensa propios ante el desorden. Tal vez nos estemos deslizando por la pendiente de la fragilidad y en ese camino nos hayamos vuelto más intolerantes. Hace unas pocas décadas los niños podían corretear tranquilos por la calle sin miedo a ser castigados por ello; ahora el castigo recaería sobre sus irresponsables progenitores. Si el niño se comportaba mal en la escuela y era sancionado por sus maestros, a la vuelta a casa recibía el suplemento de la reprimenda paterna; ahora los padres pedirían explicaciones al profesor o lo denunciarían directamente.

Javier Gomá «Una sociedad que aún se escandaliza tiene vivo el ideal de la ejemplaridad»

La creciente sensibilidad al daño ha engendrado una tupida red de normas, restricciones, responsabilidades y culpas en medio de la cual el sujeto moderno camina vacilante, pagando con sus nuevas aprensiones el precio de una seguridad no siempre obtenida. El progreso moral que nos hace más receptivos al dolor ajeno ha traído consigo el retroceso de volvernos más puntillosos en lo que se refiere al dolor propio. Como ya advertía Pascal Bruckner a finales del siglo XX, «el derecho como promoción de los débiles desaparece tras el derecho como promoción de los hábiles». Si la expansión del concepto de daño corre el riesgo de fomentar el victimismo, también es posible que nos haga caer en una patologización de nuestras vivencias hasta el punto de que veamos en todas ellas un fondo de desorden. No otra cosa son muchas de las «microagresiones» denunciadas por los nuevos puritanismos que, so pretexto de depurar cualquier atisbo de violencia enmascarada bajo comportamientos socialmente admitidos, penalizan desde inocentes usos del lenguaje hasta pequeñas fricciones en el trato interpersonal que en el peor de los casos no pasan de ser signos de mala educación o de pura y simple torpeza.

A fuerza de poner el punto de mira sobre los detalles livianos podemos acabar equiparándolos con los significativos, con la consiguiente banalización de estos últimos. Si tan imperdonablemente machista se considera un requiebro como un abuso sexual y tan preocupante nos parece un ligero ataque de melancolía como una furiosa depresión, perderemos esa noción de la medida que nos permite distinguir entre lo urgente y lo secundario. Es probable que nos volvamos más alarmistas -o más inquisidores-, pero eso no asegura que vayamos a intervenir allá donde se nos necesite: del efecto banalizador de las expansiones del daño hablan bien las nuevas solidaridades blandas que tanto enorgullecen a los activistas del clic en las redes sociales, formas ilusorias de compromiso que se desvanecen apenas pulsado el «me gusta» o el insulto de turno. Pero no menospreciemos estas escaladas de moralidad; peor sería que la costumbre nos hubiera vuelto insensibles a todas aquellas las manifestaciones del mal que no alcancen unas determinadas dimensiones. Minimizar o magnificar, esa es la duda que debería acompañarnos para mantenernos vigilantes frente a cualquiera de ambos excesos.

Fotos

Vídeos