Castillos de días y arena

La altura. De miras. Así en el Urbanismo como en la vida

JESÚS NIETO JURADO

Lunes. El maestro Alcántara me telefonea, con esa cortesía británica y esa nobleza del maestro en vidas del que se aprende en cada silencio algo; le cuento que he empezado a boxear. A la tarde el Paseo Marítimo está colapsado de ciclistas primerizos y cincuentones con las rodillas peludas, de ésos que van lanzados, que no representan a nuestro gremio bicicletero y por los cuales nos viene la mala fama. Salgo a correr con balón a la hora que va anocheciendo. Por el espigón de la Farola se ven besos cada vez más tempranos donde antes se ponían pescadores. Pienso en algún agosto mío en esos mismos 'roqueos', o saltando al agua desde los pantalanes del puerto. Era cuando la Playstation andaba en la prehistoria, cuando daban Verano Azul y nos curábamos así la mocedad entre los 9 y los 15 años.

Martes. Juan Ángel es artesano teatral, escenógrafo y bohemio. Natural del Campo de Gibraltar, que es la zona de expansión natural de nuestra ciudad y nuestra provincia, por mucho que no lo quieran ver los que le tiran más a Sevilla que a la Costa. Juan Ángel y el propio gobierno 'hibrartareño' «on the Rock» me ponen en aviso respecto a los fastos que preparan en la Roca para su 'diada'. Van a traerse de Londres a la Royal Philharmonic Concert Orchestra por defender la 'britanidad' del Peñón. Siempre, por verano, me da por estudiar a fondo el microcosmos gibraltareño. Juanjo Téllez me regala su monumental libro, 'Yanitos', y 'disfruto' viendo cómo 'disfrutamos' relamiéndonos en el estereotipo: a un lado y otro de la Verja.

Miércoles. El gran Pepe Mota viene a Málaga a presentar su película 'Abracadabra'. Mota es tan intelectual como humorista, si es que el humor no es lo que sostiene una columna para que no quede en gacetilla o cursilería. Comparte largometraje con Antonio de la Torre y con Maribel Verdú, musa de todas mis reencarnaciones entre los 90 y ahora. Mota tiene de Quevedo la amargura lúcida del crítico social, lo jocoso de la Torre de Juan Abad, y ese ramalazo de lo típico de la España profunda, esa verdad en el chiste que toca la médula de lo que todos nosotros somos.

Jueves. El cuerpo febroso me pone en alerta sobre la llegada de la chicharra.

Viernes. Calor. Leo en el periódico un texto de Lillo sobre el proyecto del Puerto y los megayates. Pienso en la Costa Azul y está oportunidad de oro que, sí que sí, no podemos dejar escapar. Ha muerto Ángel Nieto, que no era familia mía pero sí un lejano conocido de algún bolo del famoseo madrileño. Una vez nos cogió un tormentazo de verano en el Reina Sofía, en un sarao, y brindamos con un canapé.

Domingo. Entrevista del compañero Lillo al responsable de la sociedad promotora de la torre prevista en el Puerto de Málaga; me quedo con una frase lúcida para tatuarla en el alma urbana: «los edificios en altura han aportado una cierta cultura en ver la nueva ciudad». Y así en el Urbanismo como en la vida.

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