Casa padres

Irse a vivir solo se ha convertido en una especie de utopía generacional

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Hoy quiero romper una lanza por esos ciudadanos todavía jóvenes que acaban de cumplir 35 años y siguen viviendo en casa de sus padres. La situación en general es aparatosa. Ahora el Observatorio de Emancipación de Andalucía les ha dado la razón a todos esos individuos en edad de merecer que no han abandonado la fonda materna. La segunda edición de este estudio, que es muchísimo peor que la primera, se presentó en Málaga para que sus resultados quedaran bien restregados por nuestras caras. Pese a la felicidad museística, aquí tenemos los sueldos más bajos de toda Andalucía, que ya es tenerlos bajos, con los alquileres más altos. Irse a vivir solo se ha convertido en una especie de utopía generacional. Si la hipoteca media en este país para un piso de 100 metros cuadrados es de unos 450 euros mensuales, lo lógico será que sigamos firmando hipotecas como si no hubiera un mañana, que lo hay, hasta poner toda nuestra vida en Air Bnb. Ahora que el centro histórico y la zona Este se están transformando en un CIE para turistas (sería entonces un CIT), se acerca el momento de hacer una cosa muy poco malagueña que consiste en poner límites. Para algunos este campo es de amapolas y para el resto, de minas. El observatorio lo ha dicho bien claro. No salen las cuentas a la hora de irse de casa de los padres. No se encuentra el momento. No toca.

El informe no lo dice por falta de espacio, pero son varios los factores que indican que vivir junto a padre o madre es en realidad un acto heroico y solidario, quizá en algunos sentidos poco deseable, pero en cualquier caso imperativo por la situación actual. Rompo esta lanza contra los adheridos porque aquí se confunden términos con alegría: 'zangolotino' (joven aniñado o infantil en su comportamiento y en su mentalidad) degenera en el despectivo 'zángano' (persona holgazana que se sustenta de lo ajeno). Durante toda la vida los individuos de esta generación torcida por la crisis hemos soportado apreciaciones hirientes respecto a una situación que es inevitable, algunas de ellas muy típicas en ese sector de humanidad con descendencia como todos los que empiezan por un «a tu edad ya estaba yo...» o el definitivo y mortal «a tu edad ya te había tenido». La vida no es así. La compañía que te da un hijo no te la puede dar ningún otro ser humano. Tratar de sustituir el inquebrantable amor filial por el de un turista idiomático es un acto que se antoja triste y desesperado. El hijo no emancipado es el mejor animal doméstico posible: bien adiestrado, puede colaborar en tareas domésticas de cualquier ámbito, también en las más duras. Si la situación del churumbel lo permite, algo complicado dado semejante estado de las cosas, existe una posibilidad muy civilizada de compartir gastos. «Convierta a su hijo en su nuevo compañero de piso y disfrute de una segunda juventud».

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