Carta a los Reyes

Ángel Escalera
ÁNGEL ESCALERAMálaga

La ilusión en los Reyes Magos hay que mantenerla por más años que se tengan. ¡Pobre del que se queda sin ella! Otra cosa es que luego se reciba carbón, que ya se sabe que contra el vicio de pedir está la virtud de no dar. La esperanza, que es lo último que se pierde cuando todo está ya perdido, es un clavo ardiendo al que se agarran los seres humanos sin que les importe quemarse. Ilusión y esperanza hay que unirlas en un cóctel indisoluble ahora que el año da sus primeros pasos y todo está por pasar. La razón nos dice una cosa y el corazón nos dicta otra. Antes de que lo blanco se vuelva negro hay que ser optimistas, que siempre habrá tiempo para el pesimismo, y confiar en que este 2018 que se nos acaba de presentar sea el del resurgir de la sanidad pública malagueña. Mucho tendrán que esforzarse los Magos de Oriente (encarnados por la Junta de Andalucía) a la hora de repartir oro, incienso y mirra. A ser posible, que la cantidad de oro sea abundante para que hospitales y centros de salud dispongan de más recursos, se eleve el número de contrataciones de profesionales y se escriba de una vez por todas la palabra fin sobre los recortes sanitarios.

Melchor, Gaspar y Baltasar, que son los mejores amigos imaginarios que podemos tener, deberán dar el do de pecho para resolver problemas enquistados desde que la crisis se presentó en la vida de gente que no la quería ni ver y que la ha visto demasiado de cerca. Son numerosos los asuntos que hay que sacar del atolladero, pero hay uno que ocupa el primer lugar en esta carta que mando sin franqueo, pero que leerá todo el que quiera leerla. No es otro que la imperiosa necesidad de que Málaga cuente con un nuevo hospital. Ese proyecto debe pasar del plano teórico, en el que ya lleva demasiado tiempo, al real de inmediato. Esta cuestión no admite ni un retraso más. Ahora que llega el día de los Reyes Magos hay que exigir a la Consejería de Salud que se deje de pronunciar palabras tan llenas de magia como vacías de contenido y asuma el papel que le corresponde: el de impulsar, potenciar, sanear y cuidar unos servicios sanitarios que están más para allá que para acá. La sanidad pública se merece lo mejor, porque es la que atiende a todo el mundo. Y para que la calidad asistencial no siga deteriorándose es imprescindible incrementar las plantillas de profesionales, renovar el equipamiento obsoleto y cambiar aquello que funciona mal en el SAS. Arduo trabajo les espera a los Magos de Oriente.

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