La carta de la guiri

Siento vergüenza por la imagen que proyectamos como país febril y enemigo acérrimo de los animales

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

No era la primera, y me temo que no será la última. Ojalá, pero lo dudo. Se llama Mónica y por lo que deduzco es una de tantas ciudadanas europeas que ha elegido Málaga, quizás algún punto de la Costa del Sol, para vivir mejor de lo que solía. Cuenta que es austriaca, aunque escribe en español mejor de lo que lo harían la mitad de los malagueños. No es la típica guiri que viene a instalarse en una urbanización de guiris; a beber en los bares de guiris, en compañía de otras guiris. Más bien al contrario. Primero, por su dominio del español, al que me tienen poco acostumbrado (casi todas estas cartas las recibo en inglés). Pero es que, además, su grito desesperado en forma de tinta digital en un correo electrónico denota que no se conforma con los 300 días de sol, la calidad de vida espectacular y el devenir de las tardes entre vino y jazmines. Ella quiere hacer algo por cambiar, por aportar a la tierra que la ha acogido sin preguntar. Por ser mejores.

Mónica se indigna, no resigna y lucha. «Usted, su voz y el impacto que tiene son mi última esperanza», arranca la misiva. Los entrecomillados son literales, y apenas me he permitido corregirle alguna falta (perdonable) de ortografía. «Sé, sencillamente lo sé, que en Tordesillas van a torturar al toro Príncipe de todas las maneras posibles; desviando la Ley, engañando a la justicia con el consentimiento silencioso o abierto de autoridades y policía». Habla evidentemente de la fiesta del Toro de la Vega, que se celebrará el 12 de septiembre. «Con mucha ilusión he venido desde mi país a vivir aquí y desde entonces lucho por el bienestar y contra el maltrato animal», continúa la misiva. «Sencillamente, me niego a creer que un pueblo entero se pueda 'divertir' (y además en una fiesta dedicada ¿a la Virgen?) con maltratar y vejar a un bellísimo y noble animal. Desesperada, le pido ayuda y sé que conmigo muchas personas españolas y extranjeras, ya que no disponemos de medios para llegar a la opinión pública, que, confío, es más civilizada, comprensiva y fuerte, y será capaz de cambiar las cosas», concluye.

En realidad, da lo mismo cuál fuera el motivo de la carta. Igual me escriben para denunciar la cría indiscriminada de cachorros, que en el mejor de los casos son depositados en cajas a las puertas de los refugios y zoosanitarios municipales, medio muertos. El abandono y la matanza de perros de caza después de las temporadas o cuando ya, sencillamente, no sirven. La laxitud de las leyes, que dejan casi impunes a malnacidos después de hacer toda clase de aberraciones contra seres indefensos. La escasez de medios de las sociedades protectoras para hacer frente a la lacra del maltrato animal, que debería ser considerada una cuestión de Estado en España, por el alcance inconmensurable del problema.

Cada carta, cada nota, cada comentario como este me vuelve a hacer sentir la misma rabia, la misma vergüenza por la imagen que proyectamos como país febril y enemigo acérrimo de los animales, indigno de llamarse civilizado y europeo.

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