La carga del capital erótico

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

De pronto la agenda coge trote legionario entre tantos asuntos graves y una magra alerta estadística -ese seis por ciento de los tres mil legionarios con sobrepeso- da para broma de Estado. Lo serio es que Montoro adelgace el dinero para las autonomías o que Cospedal reclame más gasto militar pero lo fácil es cargar contra 180 soldados desprevenidos a los que el mando desnuda en la plaza como ovejas negras. La tendencia a generalizar es grasa mental ibérica difícil de eliminar dentro y fuera del cuartel. Llamar plan ICM (índice de masa corporal) a la estrategia contra el sobrepeso revela escasa inteligencia militar, pero mucho mejor que la noticia sean la báscula y las bromas chusqueras que no una ensalada de tiros en algún rincón tenso del mundo con nuestros legionarios de por medio. La guerra psicológica contra los kilos ha saltado la tapia del cuartel y esa es una batalla fácil. Los gorditos en un entorno aproximadamente cachas sea de bomberos/as, árbitros/as, azafatas/os, policías o legionarios/as son una anomalía que cae por su peso. Hay empleos donde el valor se supone, pero se cobra sobre todo por apariencia y eficacia. No les pasa, sin embargo, a esos maestros con sobrepeso que han diluido parte de su ejemplo diario y se desactivan a si mismos sin temor a sanción laboral en la lucha contra la pandemia de obesidad infantil que llena sus aulas. Otro tanto les toca a los médicos entrados en carnes que tratan de inocular hábitos saludables entre sus pacientes mientras un enero más se proponen fumar menos.

El cuerpo militar más sexy de Europa no puede arrojar ya otra toalla que la del gimnasio a diario. Una guerra ganada porque ser expulsado del Cuerpo por gordo, cómo se arriesga quien crea que solo metiendo barriga en las fotos salvará el tipo, es la peor derrota personal. Hay quien hasta agita ahora un remoto lado oscuro de la Legión. Ignora que lo que está en juego es el lado oculto de su acreditado capital erótico, esa tensión casi heroica de mantenerse con dignidad más allá de los 40 dentro de una camisa entallada de veinteañero. A un catedrático de botánica no se le exige la flexibilidad del bambú pero un legionario/a o un/a dependiente/a de una tienda de moda lo son entre otras cosas porque una parte de su futuro les va en cuidarse para no ingresar en la legión de los fofisanos. El mostrador y las maniobras no los quieren y eso queda claro en el código legionario aunque aún no figure en el convenio de comercio. El espíritu del Tercio también incluirá desde ya aguantar los fotos en los desfiles después de que les hayan cambiado las pautas de comida y ejercicio en vista de que no todos los perímetros abdominales, de Cospedal para abajo, están bajo control. Un desfile ya no se verá solo cómo una práctica de disciplina sino como una pasarela de tabletas y bíceps, y tampoco es eso. A ver si ahora la vigorexia castrense se va a imponer camino del ascenso, el culturismo tumbará a la cultura general y hasta el mejor test psicotécnico valdrá poco si hay un punto más de ICM.

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