La cárcel da gases

El nacionalismo catalán está bien nutrido y curtido en los salones de los mejores restaurantes

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

No ha estado lúcido el exconsejero de la Generalitat Josep Rull en sus primeras declaraciones tras salir de la cárcel. Tampoco esperábamos un discurso a la manera de Nelson Mandela, pero el catalanismo ha perdido enteros tontamente después de su monumental campaña de márketing. Rull podría haber elaborado algún relato lacrimógeno sobre la privación de libertad, sobre su condición actoral como preso político, como un mártir de sus propias convicciones. Pero no. Las primeras declaraciones de Rull han sido tan decepcionantes, tan de bajón, que se han convertido en un equivalente oral al cutrerío que ha acompañado al 'procés' desde el principio. Ni la literatura les acompaña.

Resulta que lo que más ha echado de menos Rull en la cárcel ha sido comer con una copa y cubiertos de metal. Se conoce que el nacionalismo catalán está bien nutrido. Que el exconsejero, curtido en los salones de los mejores restaurantes y a sabiendas de cómo se come en España, se esperaba un menú de dos platos más entrantes a compartir y un postre con recomendación en la guía Michelin, pero tropezó con la tristeza en este caso encarnada por una hamburguesa pasada de punto y cubertería de plástico. La conclusión del catalanismo en prisión es que la cárcel da gases, «da pedo», como decía refiriéndose al champán Cecilia Roth en Martín Hache, y no queremos ni saber lo que piensa sobre este asunto tan etéreo su compañero de celda y de euforias nacionalistas, el también candidato de JuntsxCat Jordi Turull, con quien además de jugar al pin-pon podrían haber formado divertidas rimas y trabalenguas con sus apellidos hasta coger el sueño.

Trull no quiso perder el tiempo y aprovechó su estancia en el penal para dar clases de fitness, de francés y de encuadernación, además de organizar campeonatos de tenis de mesa con un vietnamita. Dicho así, no me negarán que esta cárcel se parece más a un campamento de verano. O a una clínica de desintoxicación: Junqueras lo mismo sale de allí hecho una sílfide, como si volviera de la Buchinger. Nuestro querido Oriol ya ha anunciado que saldrá de prisión «con el puño en alto y la mano extendida a todo el mundo y con voluntad de coser, de tejer complicidades», una postura por otro lado incómoda, difícil de resolver.

Si a cualquiera de nosotros nos dejaran 31 días encerrado en una celda con un independentista y un tenedor de plástico, al final del encierro sólo quedaría uno. Por eso la siempre sensible Instituciones Penitenciarias decidió ponerlos a todos en pareja (de ahí viene lo de 'Juntos por Cataluña'). Un independentista impar tuvo que compartir litera con un preso común, uno de estos delincuentes de confianza que a los pocos días pidió con desesperación un traslado de celda porque no podía soportar «la matraca independentista». En ese momento media España se identificó con él. Ese preso se merece un indulto ya.

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