Las dos caras de Pep Guardiola

DIEGO CARCEDO

Después de tantos años como excelente jugador profesional de fútbol, Pep Guardiola debería saber que las faltas o penaltis que se cometen en los partidos se castigan, unas veces con amonestaciones, otras con tarjetas amarillas y hasta con expulsiones del campo. Nada puede funcionar sin reglas, tanto da que sea en el deporte como en la política. Experiencias en este terreno no le habrán faltado a Guardiola. Pero la memoria es flaca, la incongruencia escurridiza y tal vez lo olvidó. Aunque la prensa de Londres se lo ha recordado. De otra forma no se explica el conflicto que le enfrenta estos días con las autoridades futbolísticas británicas.

Porque han sido los ingleses, los inventores del fútbol, los que han tenido que recordárselo con reconvenciones y multas. Los reglamentos del fútbol internacional prohíben a los jugadores y entrenadores que aprovechen su participación en las competiciones para hacer propaganda política o religiosa y exhibir en su vestimenta símbolos que la impliquen. Y él, a juicio de los británicos, que se les puede criticar por muchas cosas pero de pocos serios no, incurrió en una violación elocuente llevando un lazo amarillo en la pechera durante un partido, y además lo hizo con reincidencia.

El lazo amarillo es el símbolo externo que los independentistas catalanes, entre los que Guardiola se cuenta, lucen en señal de protesta por la detención de algunos políticos que, a juicio de jueces y fiscales, se saltaron la Constitución, el Estatut de Autonomía y las leyes para proclamar por libre y delictivamente una República independiente en Cataluña. Están en su derecho, desde luego, en España hay libertad para vestir como se quiera y ponerse los emblemas que se desee siempre que no agredan o inciten a la violencia.

Pero en el deporte no es el caso: llevar en el campo o en el banquillo un lazo con significación política, sea cual sea su contenido, lo tienen prohibido los futbolistas. Guardiola no lo respetó ni atendió a la advertencia que le hicieron. Como reincidente, le ha sido impuesta una multa de 22.500 libras. Para su economía quizás no sea un desembolso gravoso; sin embargo, la sanción sí es significativa de la desobediencia en que ha incurrido y representativa de la necesidad que todos tenemos de acatar las normas de convivencia que nos hemos dado. También puede servirle de lección si es que tiene deseos de aprender.

En su afán por defender a los políticos detenidos en espera de juicio, y de exigir su excarcelación por injusta, Guardiola esté sintiendo en sus propias espaldas que, contra lo que pretende demostrar, cumplir las leyes no es una exigencia exclusiva española. También en el resto de los países, y el Reino Unido se lo está demostrando, rigen principios firmes de esta naturaleza y quienes se los saltan suelen acabar teniendo que pagarlo. Guardiola será, eso desde luego, un ejemplo para los suyos.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos