Canción del verano

JUAN FRANCISCO FERRÉ

FFuego y furia no es el nombre del videojuego favorito de Donald Trump. Fuego y furia es lo que se desata en las discotecas cuando suenan los ritmos latinos. Los cuerpos pierden la cabeza y las ondulaciones de caderas y pies se sincronizan con letras sexistas. Ya nadie se pregunta de dónde son los cantantes. Ellas los prefieren latinos en la pista, aunque se acuesten con los locales. Y estos, gocen o no con el meneíto sabrosón, se calientan viendo en los videoclips las musas esculturales que escoltan a los rapsodas más viriles de la tribu.

La vieja danza de los sexos se ha vuelto latina y ladina. Los cantantes orquestan los ritmos escandalosos que propician el acoplamiento compulsivo en posición vertical. La multitud se suma gustosa a la orgía endocrina y luego, cuando la resaca es insoportable, aparecen los censores recordando que esos meneos vulgares vulneran la dignidad femenina, rezuman machismo hispano por todos sus poros y, por si fuera poco, incitan a la violencia sexual.

Estamos en el semestre de las 34 mujeres asesinadas, las incontables maltratadas y el inicuo caso de Juana Rivas. Pero el superéxito estival es el dichoso 'Despacito'. No hace falta ser un asceta, ni un fan de Mozart, para percibir que el reguetón de Fonsi, con su ritmo calculado para incendiar las neuronas más marchosas, y el videoclip que lo ilustra, con sus quiebros y requiebros a la antigua usanza y la exhibición del cuerpazo de fémina latina que solo provoca fantasías posesivas, son una obscena celebración del poderío masculino. Y la letra delictiva, coescrita por una cantautora panameña, no lo desmiente: «Y es que esa belleza es un rompecabezas, pero pa´ montarlo aquí tengo la pieza».

En Estados Unidos, donde una canción en español no triunfaba desde los tiempos clintonianos de la 'Macarena' libertina, 'Despacito' comparte liderazgo en las listas y las pistas con otra macarrada similar ('I'm The One'). En el videoclip, un músico obeso capitanea una banda de raperos pajilleros y se regodea con un exuberante grupo de pibones en bikini. Todos reunidos en una lujosa villa para festejar que el trovador vicioso es el único amor de su chica. ¿Cuál de ellas? Ese es el problema íntimo de todos estos cantamañanas, a los que les sobran las ofertas, de un sexo y de otro, y les falta tiempo para coser y cantar, como sabe el maleante Maluma, denigrado en España por fomentar con sus melodías polígamas la indolencia voluptuosa de la mujer trabajadora.

Yo no soy Juana Rivas, es obvio, pero tampoco ninguno de estos macarras adictos a la testosterona de garrafón. No es Melania la que va desnuda, no nos engañemos, sino el presidente Trump y sus falsos fogonazos de furia fálica. «Des-pa-si-to», Donald. La violencia nunca es la misma desde las dos partes.

Fotos

Vídeos