Camino de la memoria

Con el mal de Alzheimer mueren las neuronas, pero muchos corazones se hacen invencibles

PEDRO MORENO BRENES

Cuando ustedes lean esta columna (si me hacen tal honor), andarán muchos en la briega de finalizar el año con macro o micro celebraciones, preparando cenas y uvas y esperando el nuevo año con la sana esperanza de no empeorar el ya casi fenecido y si es posible mejorarlo. Buen contexto para lo que les quiero contar, ya que para saber si vamos para mejor o para atrás, hace falta memoria, esa carpeta en nuestro cerebro que acumula 'nuestras cosas', las referencias, los rostros, las alegrías y los malos tragos. Pero, ¿y si no las han birlado?

Borrar a hierro nuestra vida pasada y maltratar la que nos pueda quedar, esa es la implacable eficacia del mal de Alzheimer, forma de demencia que mata poco a poco al cerebro reduciendo su potencialidad al mínimo, con el consiguiente deterioro del resto del cuerpo, que es lo que lleva a la muerte del enfermo. Todos nos vamos a morir, pero hay que aspirar a que no sea machacados por el dolor físico y con plena capacidad de disfrutar de los seres queridos en la despedida, y para eso, hace falta saber quiénes somos. El final: familiares que cuidan a alguien que ya no los reconocen. Los hijos pierden en vida a quien les dio la suya, unos ojos perdidos que sin embargo merecen y agradecen miradas de cariño acompañando a los necesarios cuidados. Junto a los profesionales, los cuidadores 'morales' (parejas, hijos, hermanos, amigos) se baten todos los días en la lucha de no dejar que estas personas caigan en el aislamiento absoluto, sin regatear una caricia o frases cargadas de ternura. Puede que no resuciten las neuronas muertas pero el enfermo se sentirá querido, y eso, por sí mismo, vale la pena. Por medio, un periodo más o menos largo de deterioro progresivo. Tu ser querido te pregunta mil veces dónde están sus gafas, te cuenta otras mil que la panadería frente a su casa siempre está abierta y por supuesto cambia las llaves de sitio para evitar que se pierdan, y las esconde tan bien que no las encuentra ni Sherlock Holmes. Sin embargo, nunca olvida llamar a sus hijos por la noche para pasar revista y preguntar si hemos cenado o cómo están los nietos. Además, la colega es capaz de recitar una poesía que aprendió de pequeña sin fallar ni en una coma. ¡Qué complejo es el cerebro!

Tomo prestado el título de esta columna del libro de un gran profesional del medio donde esto escribo, Antonio Ortín, que junto al fotógrafo Alejandro Hurtado, han mostrado con sensibilidad exquisita su visión de los efectos de la enfermedad, destinando el producto de su venta a la Asociación de Familiares de alzhéimer AFA Málaga. Con estas y otras iniciativas, me reafirmo en la convicción de que mueren las neuronas, pero muchos corazones se hacen invencibles.

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