CAMINO

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Existe un tipo de gente que sirve lo mismo para una despedida de soltero, un marrón en el trabajo, una confesión o una mudanza. Gente demasiado generosa para darse importancia, modesta hasta ponerse en peligro ante a los tribunales de la brillantez ajena. Hay un tipo de gente que no protesta, que no se ofusca, que no se rinde. Gente armada hasta los dientes con una sonrisa siempre. Antonio es ese tipo de gente. Pienso en Antonio y me acuerdo de aquel verso de Jaime Gil de Biedma: «Ahora que de casi todo hace ya veinte años». Porque hace casi veinte años que Antonio sacaba el lápiz de la cajonera, lo afilaba sin prisa en mi presencia, me pedía que me sentara a su lado y empezaba a leer conmigo lo que yo había redactado con más convicción que acierto. Y Antonio te hacía un traje sin clavarte un alfiler, te llevaba de la mano hasta la palabra precisa, el dato correcto y la declaración ajustada. Antonio cogía tus párrafos y los pulía hasta sacarles brillo y te mandaba de vuelta a la silla que ocuparas de prestado con la sensación de que todo había sido idea tuya. Hay poca, pero hay gente como Antonio.

Antonio pastoreaba el rebaño de becarios cuando llegué a esta Redacción y por su culpa algunos creímos que todo aquel monte era orégano. Pero era mejor. Antonio ha sido jefe de todo y su ejemplo diario confirma aquella frase que decía mi abuela paterna: hay quien mea en lana y suena y quien mea en lata y no suena. Lo acaba de hacer de nuevo con un libro maravilloso, sincero y cabal, extraordinario y alérgico al postureo. Un libro a imagen y semejanza de Antonio y su cuñado Alejandro. Los dos se subieron a la bici el verano pasado para hacer el Camino de Santiago. Claro que el camino era también otro, el del recuerdo a quienes perdieron la memoria, como la madre de Antonio. La idea era que Alejandro desplegara su imponente talento para la fotografía mientras Antonio escribía unas líneas al pie. El proyecto ha ido evolucionando y el resultado es 'Camino de la memoria', presentado esta semana. La primera conclusión salta a la vista con apenas palpar el libro y asomarse a sus páginas, porque tiene la factura impecable de las obras hechas por quienes saben de lo que hablan. Porque Antonio sabe mucho de juntar palabras y de editar textos; Alejandro sabe mucho de imágenes y, sobre todo, de sutiles asociaciones visuales; y los dos saben mucho de ciclismo, pero también de compasión, alegría, generosidad y entrega.

'Camino de la memoria' hace convivir la aventura de la vía santa con la tiniebla de la enfermedad del olvido. Peregrinos a uno y otro lado, en pie de igualdad. Las llagas en los pies del caminante y la atrofia en la pisada de la vejez, bicicletas y sillas de ruedas, la pantorrilla joven tatuada con la concha jacobea y la pierna que lucha por no venirse abajo, el manillar y el andador, el cansancio imbatible cuando viene de dentro, los pañales plegados de Mercedes en su regreso a la primera infancia, la siesta con una muñeca de quien podría tener nietos, las bulerías de Juan haciendo palmas con las manos ahuecadas para que no se escape un recuerdo. Hay una humanidad rotunda en cada página del libro, un dolor cargado de respeto, una belleza extraordinaria que brilla con la luz propia de la compasión y la empatía.

Porque bastan un par de páginas para comprender que aquí no hay sitio para la vanidad, que este es un proyecto que destinará toda su recaudación a quienes cuidan a los enfermos de la ausencia y que si fuera por ellos, por Alejandro y Antonio, como si no ponen sus nombres en ninguna parte. Porque su camino ya está hecho y es preciso y precioso, humilde y sincero, emocionante y dramático. Porque este libro está hecho por gente que conoce la dignidad y el drama del cuidador anónimo y solitario. Porque quizá esa sea la sensación que se lleva Antonio cada madrugada cuando cierra la edición impresa del diario, enreda el cable de los auriculares donde escucha música, apaga el monitor, cierra su cajonera con llave y pone rumbo a casa: la pequeña satisfacción de que una noche más ha cuidado de nosotros.

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