CALÓ

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

DIGO caló porque parece que la que está cayendo sólo afecta a la tierra de María Santísima. Y caló, aquí, no es simplemente la variedad del romaní que se habla en Francia, Portugal y España. Es, escrita con una letrita más pero pronunciada como corresponde, la sensación que se experimenta ante una elevada temperatura y, además, el ardimiento, la actividad, la ligereza, la buena acogida. Según la Academia, es sustantivo masculino, el pobre, pero en Andalucía y en otros lugares, galantes ellos, se feminiza a veces. Advierte sí nuestra madre que su uso en esa forma, aunque habitual en el español medieval y clásico, se considera hoy vulgar y debe evitarse. No se entera la docta institución. No es lo mismo el calor que la calor. Ni los calores es igual que las calores. Hay una secuencia apuntada hace más de cien años por los hermanos don Serafín y don Joaquín y ratificada en Anacleto se divorcia que explica muy bien la diferencia. El primero, como todo el mundo, la segunda, cuando se empieza a sudar, sudá decía el protagonista, en plural, pa reventar y las últimas, pa quitarse el pellejo. Parece que las calores han venido antes de tiempo. A ver si se entera el orondo presidente del imperio y nos obsequia con su participación en las iniciativas internaciones para combatir el cambio climático y el calentamiento global que ya está bien. Aunque se pierdan unos pocos dólares. Que no se preocupe, que después se recuperan

Con motivo de este fenómeno, el independentismo ha tenido que resignarse a compartir portadas a pesar de los esfuerzos de los dirigentes de por allá y por acá que no paran de inventarse extrañas fórmulas para solucionar lo que se antoja insoluble. Esta repartición del protagonismo no está mal pero tampoco hay que exagerar. Si se creen las noticias sobre los grados a los que alcanza la atmósfera, dan ganas de irse a Santiago de Chile donde está nevando. Pero si se vence la timidez y se llega a los sitios más perjudicados, se comprueba que la cosa no es para tanto. Que 48 a la sombra no es moco de pavo, pero tampoco es una catástrofe regional que afecte a toda la Comunidad Autónoma. Por el valle del Guadalquivir están ya acostumbrados a estas salvajadas: no en balde por allí cae la sartén de España. Pero estoy seguro que en Monachil no se ha llegado a esos excesos ni tampoco en Marbella donde se puede dormir perfectamente y hasta con una mantita. No se distingue y se procura asustar al personal. ¿Es otra vez la conspiración judeo-masónica que trata de arruinar esta vez el turismo? Sostengo, e invito a que alguien me contradiga con fundamento y prueba, que en esta ciudad se disfruta del mejor clima del mundo.

Barato vivir aquí no es. Paraíso fiscal tampoco pero si se pone usted en una terracita o a la sombra de los escasos árboles que nos van quedando es difícil que encuentre sitio mejor para combatir la canícula. Y cuando todo esto pase, que pasará, el invierno es ideal. Nevar, creo que nunca, huracanes, ciclones, tifones, en el Caribe, en Islandia y en la China, respectivamente; viento, sí, pero nunca dura más de tres días y es divertido aquello, del poniente, del levante y del vivir entre dos mares, la mare que parió al... Pero, a pesar de estas excelentes condiciones meteorológicas, nos dejamos avasallar por el llamado hombre del tiempo que hoy por hoy, afortunadamente, suele ser mujer y nos engloban en el general achicharramiento.

Se excita a la población preguntándole si cree que las temperaturas, calificadas como record, son fruto del cambio climático lo que es obvio. Se auto-motiva el articulista interrogándose cuánto calor podemos aguantar y sostiene que no se puede llegar a más de 55 grados, sólo 7 más que los que aguanta mi cuñada. Se califica a la ola de «africana» lo que da mucho de sí porque no sólo es lo que viene del mal llamado continente negro sino figuradamente aquello que es muy apasionado o exagerado.

Me consuela pensar -mal de muchos- que esto de las malas y falsas noticias climáticas que esparce la televisión no nos afecta sólo a nosotros. Se pronosticaba en Santander un temporal. Cayeron cuatro gotas. Gordas pero cuatro.

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