Es la calma

Es la calma

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

«Levantad los cuartos de baño, debajo están los jardines». Dicen que fue una pintada frecuente en los 60 de origen ideológico anarquista y de alguna fuente literaria. Más allá de su evidente tono surrealista y la inevitable sonrisa dubitativa que invariablemente provoca, este extraño susurro lleva implícita la calma. Aunque la profundidad de su mensaje es cuestionable, más allá de hasta donde pudiera llegar a excavarse si su carga fuera literal. Estos días, poco a poco, aun observando algún repunte, los gritos, las carreras y los sobresaltos, empiezan a parar. Por muy alto que sea el más desagradable sonido emitido, el silencio es mayor y sigue estando ahí, esperando su momento con toda la paciencia de la eternidad.

No se puede gritar siempre, ni las cacerolas aguantan de modo indefinido, no hay carteles ni pancartas que todo lo puedan decir y tampoco masas enfervorizadas verdaderamente incansables. Toca aguardar que la lluvia escampe. La república no pudo ser, como tampoco la impunidad ad infinitum. Una vez preguntada la justicia, lo que llama la atención y tanto sorprende es que ésta actúa y contesta, y ni siquiera se mueve por los hermosos campos de lo conveniente, los cuentos o los encajes cuasi novelísticos que cada día se ven publicados.

Lo malo de las aventuras es que un día las fuerzas se agotan y el pan y las chocolatinas que iban en el zurrón van y se los comen. No queda más. Podrá haber una huelga, pero no será todos los días. Irán a manifestarse, pero no cada tarde. Habrá campaña y elecciones. Habrá candidatos fugados con vitola –héroes o cobardes–, mítines enlatados, video actos públicos y victimismos interesados a rentabilizar. Todos querrán encantar al pueblo, estarán en juego los escaños, el gobierno, las promesas y la ley, pero ya no toda la ley. Finalmente mandan la Constitución y las normas vigentes, hoy ya se sabe de un modo efectivo, la ensoñación es y será ficción.

A lo largo de la historia, han sido muchos los episodios de intento secesionista, de nacionalismo endogámico trasnochado y supremacismo desahogado y sin fundamento. La duda está en si esta vez se trata de una oportunidad histórica para superar por fin todo esto e incardinarnos en Europa de un modo racional, o sólo estamos ante un capítulo más. Aunque quizá, como queda tanto por ver a todo este respecto, es mejor no asomarse hasta tan lejos.

El uno de octubre cuidadosamente se buscó una imagen de opresión que al principio caló en los medios internacionales, pero más tarde pudo comprobarse que se usaron demasiadas imágenes falsas e incluso que todo formaba parte de un plan minuciosamente elaborado. En la chusca fuga a Bélgica, los guionistas andan muy ocupados en narrar épica y borrar toda impresión de debilidad y miseria. Habrá seguidores para todas las alternativas, aunque la credulidad ha empezado a disminuir de forma notable. Los ‘jordis’ y su encarcelamiento dieron unas jornadas inspiradoras decrecientes, después la prisión de Junqueras y sus ocho Consellers, más la ‘evasión a Bruselas’, pareció dar amplio sentido a la protesta. Hay, pues, una auténtica batería de hechos por los que vivir y expresar el agravio que era preciso. Aún ello, la dispersión no ayuda, la inexistente respuesta internacional tampoco y el inexorable paso del tiempo, menos.

De poder a poder, la que fuera mayoría parlamentaria y la recién aparecida mayoría silenciosa o silenciada, lucharán por ser la mayoría, la que habrá de determinar el futuro político inmediato. No obstante, algo ha cambiado; gane quien gane, hay un Estado que manda, un Estado que hay que respetar, que no mira para otro lado y que cumple y hace cumplir la Constitución. Ya todos lo saben y hasta algún precandidato, que quiere considerarse moderado, aboga por plantear que cualquier objetivo político que se tenga pasa por descartar toda tentación de golpe o ilegalidad.

Así que calma, esa calma con la que asomarse a ver al Tribunal Supremo instruir judicialmente lo que en este caso le corresponde, al igual que la Audiencia Nacional y el resto de las instituciones y los poderes, todos han de cumplir con su obligación. El estado de derecho, en el que todo y todos están sujetos al imperio de la ley, es más fuerte de lo que alguno pensó, representa al pueblo, que vota, decide y manda.

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