La calle

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Le cuesta articular las palabras, con ese deje inconfundible de quien lleva mucha vida enganchado; pero cuando habla lo hace con una contundencia y con una claridad que denotan su inteligencia y su formación. Una frase suya me acompañará, como los buenos arranques de novela, hasta el día en el que yo mismo sea capaz de firmarla: «He cambiado la heroína por el alcohol barato, las drogas blandas y las mujeres duras». Alejandro es un viejo conocido de la Policía Local, aunque su único delito es buscar huecos donde sea para que su perro y él puedan pasar la noche. Durmió durante meses en el soportal del cine Astoria, antes de que el Ayuntamiento lo tapiara. En invierno hacía frío y allí al menos se estaba a resguardo, al calor de los compañeros de la calle y sus inseparables amigos, los únicos que dan cariño siempre, sin pedir explicaciones nunca. Conoce tan bien ese sitio que cuando hagan algún proyecto allí (no será Banderas) pide que lo contraten como guarda de la obra, para que no se cuele nadie. Tiene la documentación en regla (la suya y la del can, asegura); y brazos fuertes, que habrán peleado más de una vez por la más elemental subsistencia en la calle.

Alejandro ya fue agente de seguridad, en otra vida, cuando cambió Zaragoza por Torremolinos. Una bronca con el patrón y la anarquía, que lleva por única patria, no fueron sino la puntilla a la adicción para dar al traste con aquella etapa. Después de vagar por muchos sitios, esta semana recaló en el antiguo 'camping' de los Baños del Carmen, que está casi tan abandonado a su suerte como él mismo. De allí lo acaban de expulsar, y ahora estará quizás en algún cajero; en un solar; en un banco, al raso. En un albergue no, porque tendría que dejar al perro atado en la puerta. También se tendrían que quedar fuera el vino de mesa y otras cosas, pero eso no lo dice. Porque en los centros hay reglas, y él es un anarquista de la calle, que se consume a fuego lento en su huida permanente de este mundo hacia otros donde vivir no duele tanto.

A pesar de que lo mío son las grandes infraestructuras, tras conocer historias como la de Alejandro me da por pensar que, si invirtiéramos una milésima parte de lo que nos gastamos en obras para ayudar a personas a reconstruir su existencia, igual no habría que echar a nadie más de la playa de los Baños del Carmen.

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