Calidad democrática

DIEGO CARCEDO

En los últimos tiempos se habla mucho de la calidad de la democracia, lo que deja en el aire la preocupación que su evolución despierta. Y no sólo en países donde siempre dejó bastante que desear, como Marruecos o Rusia, o países donde está siendo liquidada sin contemplaciones, como Venezuela o Turquía. España puede ser un caso típico de este problema que se detecta en la falta de confianza que actualmente despierta y la que despertaba cuatro décadas atrás, cuando fue recibida con verdadera ilusión y esperanza.

La corrupción política que afecta a varios partidos y de manera especial al que gobierna, enfría de forma alarmante la confianza de una sociedad. La sensación de que se roba o dilapida el dinero público es grave, y que muchas veces no se actúa con la rapidez y contundencia necesarias, deplorable. La libertad que la democracia incluye en sus principios facilita descubrir las trampas, pero también a veces hace creer la falsedad de que antes no ocurría lo cual genera confusiones y nostalgias políticas perversas.

La idea de que la democracia propicia la corrupción es perversa y, por eso, todo lo que se haga para desmentirla será poco. El poder absoluto es evidente que corrompe más protegido por la falta de trasparencia. El poder democrático no puede corromper nada y para denunciarlo están los medios desde su libertad. Otra cuestión es la escasa convicción que existe de que el poder debe ser compartido. Las mayorías absolutas con que han contado algunos gobiernos resultaron nefastas al desdeñar dos elementos fundamentales en democracia, el diálogo y la negociación. Prueba de que esto funciona mal es que en esta Legislatura la función legislativa ha sido casi nula y que los únicos acuerdos importantes logrados, la aprobación de los presupuestos, fueron el resultado del manejo de la chequera y no del entendimiento en una conjunción de posiciones. Una prueba de la desafección hacia la democracia es la emergencia de algunos partidos, claramente antisistema.

Lo que está ocurriendo en Cataluña supera todo el deterioro de la calidad de la democracia imaginable que unos políticos, unos partidos y hasta un gobierno democrático podrían protagonizar. La defensa del secesionismo es lícita y respetable aunque no sea compartible. Pero otra cuestión distinta es que para conseguirla algunos se salten los principios de la democracia representativa, imperfecta pero satisfactoria que nos rige. Solo un golpe de Estado es comparable a las violaciones y trapisondas que los independentistas catalanes están utilizando para conseguir lo que pretenden sin respeto a ninguno de los principios de la democracia. Desde el engaño a la traición a la propia sociedad, todo les vale a los secesionistas en su desafío a las leyes, empezando por la Constitución, y en sus provocaciones al Estado para utilizar su reacción como argumento para sus mentiras.

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