La rotonda

Calcetines

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Mañana de Navidad en La Victoria. No encuentro los calcetines de salir a andar (declino hablar de deporte, a riesgo de que se rían). Me pongo los primeros que pillo, me calzo los tenis y me voy a dar un paseo largo con Nori, que hay mucha Nochebuena que bajar. De paso, me digo, a ver si hay suerte y encuentro algo abierto. Por la calle me topo con un grupo de señoras, de las que se diría que ya han pasado al menos media vida en Málaga. Van comentando los regalos que tienen que conseguir, cuando una de ellas esgrime que algún familiar, probablemente un hijo o un nieto, han comprado algo que estaban buscando «en el Aliexpress ese». Lo dice con retintín, como si le sonara lejano; pero en el fondo sabe perfectamente de lo que está hablando. No le hace falta ni siquiera saber cómo se escribe: si algún día lo necesita, al teclear alguna palabra parecida, Google lo interpretará y le llevará directamente al mayor almacén del mundo, con el permiso de Amazon.

Desde Olletas hasta la plaza de la Merced hay una sucesión de comercios cerrados. También lo están todos los quioscos de Cristo de la Epidemia, pero estos llevan así varios meses. De todas maneras, en los quioscos no suelen vender calcetas. Los únicos que han levantado la persiana son los comerciantes asiáticos y asimilados multiétnicos. También algún ultramarinos pequeño, de esos que tienen de todo, menos la prosaica prenda que busco. Me alegro de ver que la nueva librería de viejo del barrio tiene la puerta abierta, aunque en ese momento no es cultura lo que necesito.

Una de las tiendas es diferente a las demás, está bien decorada y vende juguetes modernos y cosas de regalo. Es un chino, sí, pero chulo. De hecho, casi todo el mundo que pasa por delante, entra y al menos, curiosea, incluido un grupo de niños que parece de excursión. Seguro que llevan buenos calcetines. Los que venden allí tienen dibujitos, no están hechos para mí. O yo para ellos. En la acera contraria hay otro, un local más de la antigua usanza, estrecho, profundo y con Diógenes. Lo atiende un hombre maduro que ve lo que parece ser una serie china en una tablet. Y hay dos niños. El menor sale a atenderme. En un español perfecto me indica en qué pasillo está lo que ando buscando. Son negros, y en la etiqueta dice que la mayor parte de la composición es algodón, así que me lo tendré que creer. Un paquete de cuatro por una cantidad irrisoria que prefiero no revelar.

A ver lo que tardo en encargar los calcetines en el Aliexpress...

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