A la caída de Mosul

LORENZO SILVA

Mosul ha caído. El buque insignia del Daesh, la ciudad más importante bajo su control, la que alberga la mezquita centenaria desde la que se proclamó el califato, ya no está a merced de los barbudos de Al-Bagdadí (de quien sigue sin confirmarse si sigue vivo o está muerto), sino en poder de las tropas leales al Gobierno iraquí; el mismo que perdió el control de Mosul de forma ominosa cuando los yihadistas lanzaron sobre ella un raid temerario y los militares que debían defenderla tiraron las armas y salieron despavoridos.

Es una victoria para el nuevo y precario Estado iraquí levantado sobre la escombrera a la que los Estados Unidos redujeron en 2003 el Irak baazista de Sadam Hussein. Es, también, un revés de grandes proporciones simbólicas y estratégicas para el Estado Islámico, que como tal quiso afirmarse ante el mundo asentándose sobre un territorio que, a la vista está, no ha sido capaz de defender (frente a unas tropas instruidas, entre otros, por militares españoles).

Lo que no deberíamos olvidar es que esta ha sido una tragedia ingente, inabarcable, para esa ciudad hoy reducida a cenizas y para sus dos millones de habitantes. Convertidos en fugitivos y refugiados, los más afortunados entre ellos; empadronados en una tumba los miles y miles que no tuvieron la suerte de poderlo contar. Su pérdida, que es la de la vida que llevaban antes de que el horror fanático se enseñoreara de su lugar y de sus existencias, es el principal peaje de esta historia y la responsabilidad principal que incumbe a quienes la hicieron posible. En primer lugar, cómo no, los dementes que se creen autorizados por su fe a llegar al extremo de esclavizar o exterminar a sus semejantes; en segunda instancia, esas autoridades iraquíes que, atrapadas en sus luchas sectarias, siguen sin ofrecer esperanza ni camino a su país; y al fondo, nos guste o no, esas potencias extranjeras que prometieron reconstruir Irak, incluida Mosul, y sin embargo la dejaron a merced de los bárbaros a los que se permitió organizarse y se ha tardado tres largos años en desalojar. Tres años que se antojan una imagen de la eternidad y del infierno, para quienes han tenido que padecerlos. Tres años de sumisión a una tiranía teocrática que es el más amargo sarcasmo en que jamás haya ido a parar un proyecto de democratización. Tres años que son la vergüenza de la humanidad como especie y de los especímenes que se los infligieron a sus semejantes, pero también de quienes se pretendieron capaces de tutelar un país y sin darse cuenta dejaron que el monstruo anidara y creciera en sus mismísimas narices hasta representar la amenaza que en Irak y Siria (y en París, y en Bruselas y en Manchester) tantas vidas se ha cobrado ya.

Y que, conviene no olvidarlo, todavía sigue ahí.

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